Comentario Am



Comentario de Amós

Apostasía y Maldad de Israel
Su Destrucción Inevitable
Su Restauración
Gloria Futura del Reino Davídico


    Amós era profeta de Judá, el reino del sur, con un mensaje para Israel el reino del norte, en el reino de Uzías rey de Judá (787-735 A.C.)  y  de Jeroboam II de Israel (790-749 A.C.). Josefo dice que el "terremoto" (1:1) sucedió cuando Uzías fue herido de lepra (2 Crónicas 26:16-21). Esto dio origen a la co-regencia de Jotam, cerca del 749 A.C., según lo cual la profecía de Amós se habrá dado cerca del 715 A.C.

    El reinado de Jeroboam había sido de grandes éxitos. El reino se había extendido (2 Reyes 14:23-29). Israel estaba en el apogeo de la prosperidad, pero era descarada en su idolatría, y apestaba de podredumbre en lo moral; una tierra de blasfemias, robos, injusticias,  opresión, adulterio y asesinatos.

    Haría unos 200 años desde que las diez tribus se habían separado del reino de David (933 A.C.) y habían establecido el reino independiente norteño con su culto oficial del becerro de oro (2 Reyes 12:25-33). Durante parte de este tiempo se había adoptado además el culto a Baal, y todavía imperaban muchas de las prácticas abominables de la idolatría cananita. Mientras tanto Dios había enviado a Elías, a Eliseo, y luego a Jonás; pero sin resultado alguno. Israel, endurecida en su idolatría y su maldad, se precipitaba velozmente a su ruina final, cuando Dios envió a Amós y a Oseas en un esfuerzo final para detener a la nación en su carrera loca hacia la muerte.      

Los Contemporáneos de Amós
    Es probable que en su niñez Amós haya conocido a Jonás, y puede haberle oído contar de su visita a Nínive. Posiblemente, también haya conocido a Eliseo y haya oído a éste hablar de sus relaciones con Elías.  Jonás y Elías pasaban del escenario cuando Amós debutaba en él. Joel puede también haber sido su contemporáneo o su antecesor cercano. Quizás la plaga de langostas a que Amós alude sea la de Joel (4:9). Oseas fue colaborador de Amós, y puede haber estado en Betel al tiempo de la visita de Amós. Sin duda se conocían bien, y pueden haber cambiado impresiones a menudo acerca de los mensajes que Dios les había dado. Oseas era el menor, y continuó su obra después de su muerte Amós. Luego cuando Amós ya terminaba su ministerio, Isaías y Miqueas comenzaban los suyos. Ambos pueden haber oído a Amós en su juventud. !Qué constelación de luces proféticas la que Dios levanto par tratar de evitar, y para interpretar, la caída de Israel!     


 1, 2. Suerte de Israel y de las naciones vecinas


    Amós comienza con una acusación general de la región entera de ocho naciones: Siria, Filistea, Fenicia, Amón, Moab, Judá, e Israel. Luego concentra su atención sobre Israel. Denuncia a cada una con la misma fórmula, "por tres pecados, y por el cuarto", especificando las transgresiones particulares de cada una y señalando su destrucción y su cautiverio. La "cautividad" es una de las palabras claves del libro (1:5, 15; 5:5, 27; 6:7; 7:9, 17). Dentro de 50 años estas profecías se cumplieron. Los pocos restos que se les escaparon a los asirios cayeron luego bajo babilonios y griegos. 
    Tecoa (1:1), el hogar de Amós, quedaba a 16 km. al sur de Jerusalén ya 8 desde Belén, sobre una altura de 950 m. en los yermos repastos que dominaban el desierto de Judea, en la misma región en donde se cree que Juan el Bautista, ocho siglos después, creció hasta la edad varonil. Amós era lo que llamaríamos ahora una laico, pues no era sacerdote no profeta de oficio (7:14), sino un ganadero y recogedor de cabrahigos, especie de higo silvestre de calidad inferior, o crece entre el trigo y la morera. 
     El "terremoto" (1:1) debe de haber sido muy severo, pues fue recordado 200 años después y comparado con el Día del Juicio (Zac 14:5). Al suceder dentro de dos años después de las palabras de Amós, debe de haber sido ominoso para el pueblo.



3. Los palacios lujosos de Samaria


    Samaria, capital del reino del norte, se hallaba sobre una colina de 100 m. de alto, en un valle de notable belleza, y tan inexpugnable como hermosa. Pero sus residentes palaciegas se habían construido a costas de la sangre de los pobres (2:6, 7; 3:10; 5:11; 8:4-7) de manera tan inmisericorde que escandalizaría aun a los paganos egipcios y filisteos (9-10). Pero su día de retribución se acercaba (11).
    Betel (14) en donde Amós se hallaba hablando (7:13) era el centro religioso del reino del norte, 20 km. al norte de Jerusalén. Era uno de los lugares en donde Jeroboam I había erigido un becerro de oro (2 Reyes 12:25-33), que todavía estaba allí (Oseas 13:2). A este centro degenerado de idolatría vino Amós con una admonición postrera para el reino apóstata.  



4. Prepárate para encontrarte con tu Dios


    Las damas mimadas de Samaria (1-3) vivían entregadas al lujo derivado de la opresión de los pobres. Amós las llama "vacas de Basán" (1), reses engordadas para el matadero. Dentro de pocos años fueron "llevadas con anzuelos" (2), pues así, con anzuelos literales en los labios, llevaban los asirios a sus cautivos.
    La religiosidad de Israel (4-5). Inmisericordes en su crueldad, y sin embargo intensamente religiosos. !Qué parodia de religión!
    Los esfuerzos repetidos de Dios para salvarles (6-13) habían sido en vano. Había llegado la hora en que la nación malvada debía comparecer ante su Dios. 



5. El Día de Jehová


    Un lamento sobre la caída de Israel (1-3); una nueva apelación a que vuelvan a Jehová (4-9); y una nueva denunciación de sus malos caminos (10-27). Los versículos 18-26 parecen indicar o que profesaban que sus sacrificios al becerro eran ofrenda por intermedio de éste a Jehová o que estaban dispuestos a sacrificar a Jehová en lugar de al becerro. Pero lo que Amós buscaba no era sacrificio, sino un cambio en su manera de vivir.



 6. El cautiverio


    Una y otra vez Amós contrasta la holgura voluptuosa, el lujo palaciego y el sentimiento de seguridad de los caudillo y de los ricos, con los padecimientos insoportables que le esperaban. Serían los primeros en sentir el aguijón de la esclavitud asiria.



 7. Tres visiones de destrucción


  1.  La Langosta (1-3) simbolizaba la destrucción de la tierra. Amós intercedió, y Dios desistió.  
  2. El fuego (4-6); otro símbolo de destrucción cercana. Nuevamente Amós intercede, y Dios desistió. 
  3. La plomada (7-9). La suerte de la ciudad estaba ya sellada. Dos veces Dios se había aplacado, pero ya no más. Otras veces castigo, y otras ha perdonado; pero el caso es irremediable. 
    El Sacerdote de Betel (10-17). No se sabe cuánto tiempo estuvo Amós en Betel. Pero sus repetidas denuncias y amonestaciones ya sacudían al país (10). El sacerdote informó de ello a Jeroboam. Pero la osadía de Amós crecía más y más. Dijo al sacerdote que él mismo sería cautivo, y su esposa una "fornicaria" (17), una mujer para el uso común de los invasores asirios.



 8. El canastillo de frutas de verano


    Otro símbolo de que el reino pecaminoso estaba ya maduro para la destrucción. Se reiteran las causas; la codicia, el engaño y la brutalidad inmisericorde hacia los pobres. Una y otra vez, bajo muchas figuras, la Biblia hace claro que no hay camino posible por donde escapar las consecuencias inevitables del pecado persistente. Los profetas claman: "Vuelve, vuelve, vuelve, pecador: ¿por qué morirás? Pero el pecador sigue adelante, voluntariamente ciego ante su destrucción segura. 



9. La gloria futura del reino Davídico


    Una nueva profecía del cautiverio (1-8). Dentro de 30 años se cumplió, y el reino apóstata dejó de existir. El trono restaurado de David, 8-15. Una siempre reiterada visión profética de días radiantes más allá de las tinieblas. Amós vivía cerca de Belén, ciudad de David. Tomaba muy a pecho el que las diez tribus hubieran renegado del trono davídico que Dios había dispuesto para Su pueblo, y durante 200 años se hubieran negado a volver a aquel redil. Su palabra final: En días venideros el reino de David, que ellos habían despreciado, recobrará su lugar, y reinará no sobre una nación solamente, sino sobre un mundo de naciones, en gloria eterna.    



(Compendio Manual de la Biblia por Halley. p. 321)