Diccionario 1, 2, 3 Jn


        JUAN, EPÍSTOLAS DE Autor y fecha. Estas tres cartas fueron escritas por el apóstol Juan. En la primera, no aparece su nombre en la introducción. En las dos últimas se identifica como “el anciano” (2 Jn. 1; 3 Jn. 1). Aunque en las obras de los primeros escritores cristianos aparecen expresiones que, sin ser citas exactas, pudieron ser tomadas de 1 Jn., el primero que cita esta epístola es Papías, a mediados del siglo II. Ireneo, obispo de Lyon (130–200 d.C.), da testimonio de que tanto 1 Jn., como 2 Jn. y el cuarto Evangelio eran obras de Juan, el apóstol. Lo mismo dice el Fragmento Muratoniano ( •Canon del NT).

Algunos discuten por qué el autor de las últimas dos cartas se llama a sí mismo “el anciano”. Esto ha dado pie a una polémica sobre la posible existencia de otro Juan, llamado “el anciano” o “el presbítero”. La confusión surgió de unas líneas escritas por Papías que dan la apariencia de que existieron dos llamados Juan, uno el apóstol y otro, el anciano. Algunos, entonces, llegan incluso a decir que este “anciano” es el autor del cuarto Evangelio. Sin embargo, la evidencia en cuanto a que hubo dos llamados Juan es muy pobre. El apóstol Juan, escribiendo ya muy viejo, bien podía llamarse a sí mismo “el anciano”. Por lo cual, no existen razones para negar la autoría juanina de estas epístolas, tal como lo ha creído la Iglesia desde muy antiguo.

Relación con el cuarto Evangelio. La relación entre estas epístolas y el Evangelio de Juan puede observarse al constatar que el estilo y los temas son muy parecidos. La costumbre hebrea de establecer paralelismos aparece a cada rato. Se contrasta el amor y el odio, la luz con las tinieblas, la verdad y la falsedad, la vida y la muerte, etcétera. También se habla de los hijos de Dios y los hijos del diablo, los que tienen vida y los que no la tienen, los que son del mundo y los que no lo son... Pero también se ha señalado que hay una gran cantidad de palabras (unas 813) que aparecen en el Evangelio pero están ausentes de las cartas.

Características. Estas cartas tienen un carácter pastoral y, al mismo tiempo, polémico. El deseo de Juan es, por un lado, proteger a sus “hijitos” y, por el otro, refutar las malas enseñanzas que intentaban confundirles. El principal problema era cristológico. Juan advierte contra los “falsos profetas [que] han salido por el mundo”, diciendo: “En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios” (1 Jn. 4:1–3). “Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo” (2 Jn. 7).

Como se menciona en el artículo sobre el cuarto Evangelio, “la tradición señala que el apóstol tenía muy en cuenta las enseñanzas de Cerinto, un hereje que, al parecer, mezclaba especulaciones de los ebionitas, con elementos de lo que luego sería el gnosticismo. Los ebionitas negaban la existencia del Señor Jesús, antes de nacer de María. Por eso Juan registra detalladamente la discusión con los judíos (Jn. 8:46–59), que termina diciendo: `De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy’. El apóstol toma también en consideración la herejía docetista. Esta alegaba que la humanidad del Señor sólo había sido aparente. Esto explica el énfasis de Juan al hablar de que `el Verbo fue hecho carne’ (Jn. 1:14). Hay que notar en este Evangelio el empeño en subrayar la condición del Señor como Hijo del Hombre. Juan desea que sus lectores entiendan que el Hijo de Dios se hizo Hijo del Hombre, pues sólo así era posible obtener una expiación por los pecados del mundo, a través de su verdadera muerte y verdadera resurrección.”

Primera de Juan. Desarrollo. El apóstol enfatiza que habla de cosas que había experimentado de manera directa (“lo que hemos visto ... contemplado, y palparon nuestras manos”). Fue una experiencia física, pero lo que se manifestó fue “la vida eterna”. Eso es el anuncio, lo que predica. “Dios es luz”. No se puede tener comunión con él si estamos en pecado. Pero si lo confesamos, “él es fiel y justo para perdonar” (1 Jn. 1:1–10).

Cristo es “la propiciación por nuestros pecados”. Conocer a Dios es guardar sus mandamientos. El que dice que está en luz, debe amar a su hermano. Juan se dirige a sus “hijitos” de todas las edades. Les dice que no deben amar al mundo, pues lo que hay en él, “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida”, no provienen del Padre. Una señal de los últimos tiempos es la apostasía de algunos. El que niega “que Jesús es el Cristo” es un mentiroso. Son personas “que os engañan”. El apóstol anima a sus “hijitos” a perseverar (1 Jn. 2:1–29).

Comienza entonces a exponer sobre el amor. El amor del Padre se ha manifestado en “que seamos llamados hijos de Dios”. Tenemos la esperanza de ser como Cristo. Eso debe conducirnos a la purificación. “Todo aquel que permanece en él no peca”, pero “el que practica el pecado es del diablo”. El mensaje que hemos recibido es “que nos amemos los unos a los otros”, pues “el que aborrece a su hermano es homicida”. “Pero el que tiene bienes de este mundo” y no ayuda al hermano pobre “¿cómo mora el amor de Dios en él?” Guardar los mandamientos de Dios es “que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado” (1 Jn. 3:1–24).

Los hermanos no deben creer “a todo espíritu”. Si alguien no confiesa la encarnación del Señor Jesús, no es de Dios. “Nosotros somos de Dios”. Insiste en que nos amemos unos a otros, porque “el que no ama, no ha conocido a Dios”. El amor de Dios consiste en que envió a su Hijo “en propiciación por nuestros pecados”. “El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn. 4:1–21).

La fe de los cristianos ha vencido al mundo. “¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida”. Sabemos que podemos orar, pues él nos oye. “Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho”. Juan anima a cuidar de los que habían caído en pecado “que no sea de muerte”, orando por ellos. Finalmente, ratifica que “sabemos que el Hijo de Dios ha venido al mundo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna. Hijitos, guardaos de los ídolos” (1 Jn. 5:1–21).

Segunda de Juan. Desarrollo. El tema de 1 Juan se repite, más resumido, en esta carta. Su propósito parece que estuvo relacionado con la hospitalidad que debía darse a los evangelistas, maestros o misioneros que viajaban constantemente entre las iglesias. El apóstol, comienza declarando su gozo por la perseverancia en la fe de la “señora elegida” y sus hijos. Muchos piensan que esos términos, “señora elegida”, son una especie de personificación de una iglesia y que, por lo tanto, la carta no fue dirigida a una dama. Le advierte el apóstol contra “los engañadores” que “han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne”. Les anima a perseverar “en la doctrina de Cristo”. “Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido!”, para no participar “en sus malas obras”. Luego se despide indicando que piensa visitarles pronto (2 Jn 1–13).

Tercera de Juan. Desarrollo. La carta a •Gayo también está relacionada con la hospitalidad que debía darse a los evangelistas, maestros o misioneros que viajaban constantemente entre las iglesias. Pero mientras en 2 Jn. se advierte contra los falsos maestros y engañadores, en 3 Jn. se felicita a Gayo por su hospitalidad con los siervos verdaderos (“... fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos, los cuales han dado ante la iglesia testimonio de tu amor; y harás bien en encaminarlos”). Los misioneros salían “por amor al nombre de El, sin aceptar nada de los gentiles”. Los hermanos deben “acoger a tales personas, para que cooperemos con la verdad”. La excepción, muy negativa, la constituye •Diótrefes, “al que le gusta tener el primer lugar” y se negaba a recibir a los hermanos. Incluso “a los que quieren recibirlos se lo prohíbe, y los expulsa de la iglesia”. En cambio, “todos dan testimonio de Demetrio”. El apóstol le anuncia que espera verle “en breve” para hablar “cara a cara”. Pide que salude a los amigos, “a cada uno en particular” (3 Jn. 1–15).
Lockward, A. (2003). Nuevo diccionario de la Biblia. (607). Miami: Editorial Unilit.