Diccionario 1,2 Co


        CORINTIOS, EPÍSTOLAS A LOS Cartas escritas por el apóstol Pablo a los hermanos de la ciudad de Corinto.

Circunstancias. Después de predicar en •Atenas, el apóstol Pablo visitó •Corinto. Allí conoció a •Aquila y •Priscila, que como él, hacían tiendas. Se alojó con ellos y comenzó a predicar en la sinagoga. Los judíos rechazaron su mensaje, por lo cual Pablo se mudó a la casa de al lado, donde vivía un recién convertido llamado •Justo, y se dedicó a predicar a los gentiles. “Muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados” (Hch. 18:8). “El Señor dijo a Pablo en visión” que prosiguiera, porque él tenía “mucho pueblo en esta ciudad”.

Así pasaron dieciocho meses. Los judíos locales, llenos de celo, tomaron a Pablo “y le llevaron al tribunal”, acusándole de revoltoso, pero el procónsul •Galión no les hizo caso, al darse cuenta de que se trataba de un problema religioso.
Tiempo después, Pablo “navegó a Siria”, acompañado por •Aquila y •Priscila. Estos últimos permanecieron en Éfeso mientras Pablo visitaba otras regiones. Entonces llegó a Éfeso “un judío llamado Apolos que “había sido instruido en el camino del Señor ... aunque solamente conocía el bautismo de Juan”, pero predicaba fervorosamente y con diligencia. A éste le tomaron los esposos mencionados y “le expusieron más exactamente el camino de Dios” y le animaron cuando quiso “pasar a Acaya”. Así que fue a Corinto, donde “con gran vehemencia” predicaba “que Jesús era el Cristo” (Hch. 18:1–28).

Pablo no podía estar en todas partes al mismo tiempo, pero procuraba consolidar las iglesias que fundaba por cuantas vías pudiera. Una de ellas era la correspondencia. Las cartas que conocemos de él no son todas las que escribió, pues algunas no llegaron hasta nosotros. Una de esas se menciona en 1 Co. 5:9, donde dice: “Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios”. Después de escribir esta epístola, hoy perdida, Pablo fue informado (1 Co. 1:11) de que la misma no había sido lo efectiva que se deseaba y que todavía había problemas en la iglesia de Corinto. Incluso le llegó una correspondencia de la misma iglesia (1 Co. 7:1) en la cual le planteaban muchas preguntas.

El resultado fue que el apóstol les contestó con la epístola que hoy conocemos como Primera a los Corintios, en la cual les dice que pronto les visitaría (1 Co. 4:19). Antes de mandarla ya había enviado a •Timoteo para ver si podían arreglarse las cosas.

Primera a los Corintios. Los problemas principales que motivan la carta podrían resumirse así:
a) Había división entre los hermanos, que usaban el nombre de Pablo, Apolos, Cefas y hasta el de Cristo como excusa;
b) Había una situación de mundanalidad y pecado en la iglesia, incluso se daba el caso de un incesto; y
c) Había un espíritu de pleito entre los hermanos, y se acusaban algunos entre sí ante los tribunales de los paganos.
Antes de contestar las preguntas que le hacían por carta, Pablo, que se había enterado de estos otros problemas por otra vía, los trató en primer lugar. Luego pasó a dar respuesta a sus inquietudes, que versaban sobre:
a) Asuntos relacionados con el matrimonio y el celibato;
b) El tratamiento a los alimentos ofrecidos a ídolos;
c) El orden en los cultos o reuniones;
d) El ejercicio de los dones espirituales; y
e) El tema de la resurrección.

En cuanto al asunto de las divisiones entre los hermanos, aparentemente ellas se producían por discusiones relacionadas con la sabiduría atribuida a uno u otro apóstol o líder. Pablo les recuerda su bautismo. “¿Fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?” (1 Co. 1:13). También les aclara “que el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría”, sino que “agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Co. 1:21), la cual está centrada en la proclamación de “Cristo crucificado” (1 Co. 1:23). Que ellos mismos, los corintios, no eran “muchos sabios según la carne” y, sin embargo, “lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios ... a fin de que nadie se jacte en su presencia”. Por lo cual “el que se gloría, gloríese en el Señor”, y no en hombres (1 Co. 1:26–31). Además, en cuanto a él, les había predicado con sencillez, pero “con demostración del Espíritu y de poder, para que” su fe “no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Co. 2:5). Pablo había recibido “sabiduría de Dios”, pero sólo la podía hablar “entre los que han alcanzado madurez” (1 Co. 2:6–13). Esto no lo pudo hacer con los corintios (“No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche” [1 Co. 3:1–2]). La mejor prueba de su infantilismo espiritual eran las divisiones (1 Co. 3:3–5). Los hermanos debían aprender “a no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros” (1 Co. 4:6).

En cuanto a la mundanalidad y el incesto que había en la iglesia, cosas que Pablo había oído, les señala que deberían avergonzarse y lamentarse “para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción” (1 Co. 5:2). Inmediatamente hace un juicio en el cual él, y ellos reunidos en espíritu, deciden “en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” que “el tal sea entregado a Satanás” (1 Co. 5:3–5). Les recuerda que en la carta anterior les había hablado acerca de no juntarse con los fornicarios, aclarándoles ahora que eso no significaba salir de entre los gentiles, sino que no se juntaran “con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón”. Que, por lo tanto, debían excomulgar al incestuoso (“Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros” [1 Co. 5:9–13]).

Al tratar el tema de los pleitos entre creyentes ante tribunales paganos, les saca a la luz “que los santos han de juzgar al mundo”, así como “a los ángeles” (1 Co. 6:1–2). Si eso es así, ¿cómo no aparecía entre ellos alguien que juzgara las “cosas de esta vida?” (1 Co. 6:4–6). Se estaban dando en la iglesia casos en que los hermanos defraudaban a los hermanos. Y al parecer se trataba de asuntos en los cuales estaban envueltos diversos pecados. Pablo les recuerda que “ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1 Co. 6:9–10). Algunos de ellos, en el pasado, podían caber en alguna de estas categorías, pero ahora habían “sido santificados ... justificados en el nombre del Señor Jesús” (1 Co. 6:11). Sobre todo, debían huir “de la fornicación”, porque se trata de una ofensa contra el cuerpo, que es “templo del Espíritu Santo” (1 Co. 6:15–20).

Pasando a las preguntas que le habían hecho, les dice que sería “bueno ... al hombre no tocar mujer”, como algunos proponían, “pero a causa de las fornicaciones” lo mejor era casarse (1 Co. 7:1–2). En el matrimonio los cónyuges no son dueños cada uno de su propio cuerpo, sino que el cuerpo de la mujer es del marido y viceversa. Ambos tienen que cumplir el deber conyugal de dar satisfacción sexual al otro. Sin embargo, es indudable que para poder actuar con más libertad en la obra, el estado de soltería era más cómodo, pero eso está reservado para los que “tienen don de continencia”. Los que no lo tienen, deben casarse, pues mejor es hacerlo “que estarse quemando” (1 Co. 7:3–9). Siguió luego con diversos consejos sobre matrimonios en los cuales uno de los cónyuges es cristiano y el otro no, así como sobre las decisiones que debían adoptar los padres en cuanto al casamiento de sus hijas solteras.

“En cuanto a lo sacrificado a los ídolos” (1 Co. 8:1) les explica que muchos de ellos sabían que “un ídolo nada es” y que “sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas.... Pero no en todos hay este conocimiento”, es decir, que algunos tenían una “débil conciencia”. La actitud de los que entendían debía ser amorosa, evitando “poner tropiezo” a sus hermanos más débiles. Pablo se pone como ejemplo, pues siendo apóstol, y aunque el Señor ordenó “a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio” (1 Co. 9:14), él no había “usado de este derecho” (1 Co. 9:12) y se hacía “débil a los débiles” (1 Co. 9:1–27). Trae a su memoria el incidente de •Baal-peor y la hecatombe que trajo al pueblo, para concluir diciéndoles: “Huid de la idolatría” (1 Co. 10:1–14). Y en cuanto a comer o beber, que lo hagan todo “para la gloria de Dios” (1 Co. 10:31–33).

El orden en los cultos o reuniones estaba relacionado con el papel de la mujer en las actividades públicas, sobre lo cual describe las costumbres que existían en “las iglesias de Dios”. Luego trata sobre la •Cena del Señor, a fin de eliminar algunas irregularidades que se presentaban. Para ello, separó claramente esa cena de la que los hermanos traían para comer, recordándoles la sencillez del acto que el Señor había instituido y, a la vez, su profundo significado espiritual (1 Co. 11:1–34).

A continuación trata el tema del ejercicio de los dones espirituales. Dos cosas de manera especial quiere comunicarles. Por un lado, que “hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo” (1 Co. 12:4). Con esto enfatiza la necesidad de la unidad, que ilustra con la figura del cuerpo, en el cual hay muchos miembros, pero todos colaboran entre sí (1 Co. 12:12–27). Así, “Puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros...” (1 Co. 12:28–31). Por otro lado, les señala que por encima de los dones está el amor, sobre el cual escribe las famosas palabras que forman el cap. 13. Luego da preferencia a la profecía por encima del hablar en lenguas e instruye poniendo orden en cuanto a la forma en que este último don debe ejercerse. Termina diciendo: “Hágase todo decentemente y con orden” (1 Co. 14:1–40).

Pasa entonces a explicar doctrinalmente el tema de la resurrección de los muertos, que considera fundamental para la fe cristiana, pues “si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados.... Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (1 Co. 15:16–20). Todo el capítulo 15 trata de esta doctrina con una gran elocuencia. Al final dice que gracias a esa verdad de que hay resurrección, los corintios debían estar “firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:1–58).

Terminando la epístola, Pablo da algunos detalles sobre sus planes futuros y se despide de los hermanos (1 Co. 16:1–24).
Segunda a los Corintios. Aparentemente la visita de Timoteo y 1 Co. no resolvieron el problema, así que Pablo fue a la ciudad. El libro de los Hechos no narra esta segunda visita, pero parece que Pablo tuvo que hablar muy fuertemente a los corintios, aunque su propósito fue darles “una segunda gracia” (2 Co. 1:15). Fue una experiencia dolorosa. Los problemas persistieron y Pablo volvió a •Éfeso profundamente perturbado, sintiéndose obligado a enviarles otra carta (la tercera que les enviaba), la cual escribió “con muchas lágrimas” (2 Co. 2:1–4), pues tenía que tratarles con severidad. Esta carta #3, al igual que la #1, se ha perdido. Algunos sugieren que parte de su contenido aparece en 2 Co., pero es dudoso. Más tarde, el apóstol recibió noticias por vía de •Tito de que las cosas habían mejorado en Corinto, pues Tito les hizo saber la reacción de los hermanos (“Vuestro gran afecto, vuestro llanto, vuestra solicitud por mí” [2 Co. 7:7]).

Entonces Pablo decide hacer una tercera visita a Corinto. Para preparar a los hermanos para ese evento les escribe otra carta: la que hoy conocemos como 2da. a los Corintios. Por eso les dice: “He aquí por tercera vez estoy preparado para ir a vosotros” (2 Co. 12:14) y “esta es la tercera vez que voy a vosotros” (2 Co. 13:1). Les habla principalmente de:
a) Sus peripecias en Asia. Agradece las oraciones;
b) El arrepentimiento de los corintios;
c) La sinceridad de su ministerio en Cristo y sus sufrimientos por él;
d) Los planes para la ofrenda que se deseaba recoger para los santos; y
e) Su autoridad, ejercida en mansedumbre.

Ciertamente, Pablo había experimentado muchas dificultades en Asia, llegando al punto de perder “la esperanza de conservar la vida” (2 Co. 1:8), pero Dios, “que resucita a los muertos” le libró (2 Co. 1:9–10). Los corintios habían cooperado para ello “con la oración” (2 Co. 1:11), siendo así “compañeros en las aflicciones” y “en la consolación” (2 Co. 1:7).

El apóstol les había escrito antes porque no quería “ir otra vez ... con tristeza” (2 Co. 2:1). Al parecer, en su visita anterior le habían entristecido mucho, quizá le habían ofendido. Pero al saber que los hermanos habían arreglado el asunto, reprendiendo al culpable, lo que se imponía ahora era “perdonarle y consolarle” (2 Co. 2:3–11). Dice que al principio le dolió escribirles la carta “dolorosa”, pero que ahora se gozaba porque veía que ésta había producido contrición en ellos (“Habéis sido contristados según Dios.... la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento” [2 Co. 7:8–10]). Ellos habían reaccionado satisfactoriamente (“¡Qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación!” [2 Co. 7:11]).

Pablo no tenía necesidad de presentar credenciales como ministro frente a los corintios. Ellos mismos eran “carta de Cristo”, testimonio vivo del ministerio que le había encomendado el Señor (2 Co. 3:1–3). Para ese ministerio Dios le había hecho competente y “según la misericordia” recibida de él, no desmayaba, sino que proseguía, renunciando “a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino ... recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios” (2 Co. 3:4–18; 4:1–2). Pero reconoce que se trata de un “tesoro en vasos de barro”, lo cual demuestra con alusiones a sus sufrimientos (2 Co. 4:3–18) y sus tensiones, que le llevaban a extremos difíciles (“...quisiéramos estar ausentes del cuerpo y presentes al Señor” [2 Co. 5:8]). Se recomienda como ministro de Dios, “en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos; en pureza, en ciencia, en longanimidad, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero, en palabra de verdad, en poder de Dios...” (2 Co. 6:4–10).

En cuanto a los planes para la ofrenda que se recogería para los santos de Judea, les pone como ejemplo a los hermanos de •Macedonia, que de “la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad” y “se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios” (2 Co. 8:1–5). Pero el ejemplo supremo es el Señor Jesús, “que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico” (2 Co. 8:9). Les anima en el propósito de ofrendar y explica que la administración de esos fondos debía hacerse “honradamente, no sólo delante del Señor sino también delante de los hombres” (2 Co. 8:21). Debían preparar su generosidad de antemano y hacerlo recordando “que el que siembra escasamente, también segará escasamente” (2 Co. 9:1–6). Pedía al Señor que estuvieran “enriquecidos en todo para toda liberalidad” (2 Co. 9:10–15).

Pablo ruega a los corintios “por la mansedumbre y ternura de Cristo”, que no le obligaran a usar de osadía con ellos. No los quería “amedrentar por cartas”, pero debían saber “que así como somos en la palabra por cartas, estando ausentes, lo seremos también en hechos, estando presentes”. Les recuerda que él fue el primero “en llegar hasta vosotros con el evangelio de Cristo”, por lo cual no tiene que gloriarse en trabajos ajenos. Aunque él era “tosco en la palabra”, no lo era “en el conocimiento”. Había trabajado entre ellos sin recibir un centavo, despojando a “otras iglesias, recibiendo salario” para servirles. Otros, sin embargo, “se glorían según la carne”. Él se ve obligado a hablarles como “con locura”, de sus privilegios como judío, sus sufrimientos y sus “visiones y revelaciones”. Pero Dios le había dado la gracia de “un aguijón” en la carne, que le hacía mantenerse humilde (2 Co. 10:1–18; 11:1–33; 12:1–21).

Termina advirtiendo que en esta tercera visita no sería indulgente. Que debían tener cuidado (“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe” [2 Co. 13:5]). Que no era su deseo “usar de severidad cuando esté presente, conforme a la autoridad que el Señor me ha dado para edificación, y no para destrucción” (2 Co. 13:10).
Lockward, A. (2003). Nuevo diccionario de la Biblia. (246). Miami: Editorial Unilit.