Diccionario 1 y 2 Ti


        TIMOTEO Y TITO, EPÍSTOLAS A Estos libros del NT son llamados usualmente “Epístolas Pastorales”, porque el énfasis de su contenido va dirigido mayormente a asuntos de disciplina interna de las iglesias. Se utiliza esta designación para diferenciarlas de las otras epístolas, que fueron dirigidas a iglesias, mientras que éstas lo fueron a individuos.

Autor y fecha. Tradicionalmente, se atribuyen estas cartas al apóstol Pablo. Muchas críticas han surgido en décadas recientes sobre el particular. Las principales son: a) El escaso uso que hicieron los llamados padres de la iglesia de citas de estas epístolas. b) La semejanza de varias frases con otras que utiliza Clemente de Roma, lo cual conduce a algunos a pensar que estos libros fueron escritos en el siglo II. c) El rechazo que hizo Marción de estas epístolas en su lista de canónicas. d) El hecho de que algunas alusiones de carácter histórico no cuadran con lo que está registrado como actividades de Pablo en el libro de los Hechos. e) El hecho de que el estilo y la gramática es diferente. Además, hay gran cantidad de palabras que son comunes en las epístolas de Pablo, pero que están ausentes en éstas.

A estas objeciones, otros eruditos han contestado, diciendo: a) Que muchos de los padres de la iglesia, sin hacer citas, mencionan estas epístolas. Entre ellos Justino Mártir, Hegesipo, Atenágoras, Ireneo y otros. b) Que las semejanzas con los escritos de Clemente lo que prueban es que éste conocía y estaba influenciado por estas epístolas. c) Que la exclusión que hace Marción puede explicarse por existir en el texto algunos planteamientos con los cuales éste no estaba de acuerdo. d) Que la mención de datos históricos que no figuran en el libro de los Hechos no puede alegarse porque supone a priori que todo lo que hizo Pablo está escrito allí. e) Que es natural suponer que existan cambios estilísticos en un mismo autor, cuando el tema no es tan doctrinal y, también, por el uso de diferentes amanuenses.

De manera que el balance final, después de todos los argumentos en pro y en contra, ha quedado siempre del lado de la confirmación de la autoría paulina de estas epístolas.

En cuanto a la fecha, también se han levantado muchas discusiones, pero la mayoría de los entendidos es de opinión de que estas cartas fueron escritas cuando Pablo estaba preso en Roma, entre los años del 65 al 68 d.C.

Los problemas eclesiásticos. Algunos han argumentado que el apóstol Pablo no se interesaba mucho en la administración de las iglesias, preocupado como estaba en la labor de evangelización. Esto lo contradice Hch. 14:23, pues Pablo y Bernabé “constituyeron ancianos en cada iglesia”. Y la carta a los Filipenses está dirigida “a los santos ... con los obispos y diáconos” (Fil. 1:1). Se ve, pues, que las misiones administrativas encargadas a Timoteo y Tito estaban dentro de lo que era la práctica del apóstol.

El problema de las herejías. Aunque el énfasis de estas epístolas no es doctrinal, es evidente que también procura advertir a Timoteo y a Tito con respecto al peligro de herejías que comenzaban a introducirse en la iglesia. Estas herejías tendrían su más amplia manifestación en el siglo II, pero operaban ya en forma seminal en los días de Pablo. Por eso dice a Timoteo: “...para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios” (1 Ti. 1:3–4). Y a Tito: “Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión” (Tit. 1:10). “Evita las cuestiones necias, y genealogías, y contenciones, y discusiones acerca de la ley; porque son vanas y sin provecho” (Tit. 3:9).

Se trataba, por un lado, de la influencia del •gnosticismo incipiente (“la falsamente llamada ciencia [gnosis]” [1 Ti. 6:20]) y, por el otro, de los empeños judaizantes. La referencia a las genealogías no está relacionada con aquellas listas de familias que aparecen en la Biblia, sino con las especulaciones gnósticas acerca de la creación, en las cuales se atribuían a una enorme cantidad de ángeles, cada uno con su nombre particular, la realización de alguna parte de todo lo que existe. Un ejemplo de esto bien podría ser la lista de ángeles mencionados en uno de los escritos gnósticos de •Nag-Hamadi, en el cual se dice que la creación del hombre fue así: “Eterafaope-abron creó la cabeza; Menigestroet creó el cerebro; Asterecme el ojo derecho; Taspomoca el ojo izquierdo; Yeroruimos el oído derecho; Bisoum el oído izquierdo; Akioreim la nariz; Banen-efroum los labios....” Y así sucesivamente, los gnósticos seguían con una lista interminable de nombres de ángeles.

Las especulaciones gnósticas y judaizantes, las “profanas y vanas palabrerías” que carcomían “como gangrena”, habían conducido a algunos a verdaderas blasfemias. Así, se menciona a •Himeneo, •Alejandro y •Fileto. El primero y el último enseñaban “que la resurrección ya se efectuó” (1 Ti. 1:19–20; 2 Ti. 2:16–18).

Se hacen también en estas epístolas advertencias contra lo que el apóstol llama “doctrinas de demonios”, que se caracterizaba por un ascetismo extremo, que incluía la prohibición del matrimonio (1 Ti. 4:1–6). Esta advertencia está en completa armonía con lo que enseña el apóstol en Col. 2:16–18 (“... nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo”).

Primera a Timoteo. Desarrollo. Después de la salutación, el apóstol ratifica a su discípulo que debía mandar “a algunos que no enseñen diferente doctrina”. Le indica que la verdadera sana doctrina “es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida”. Hay personas que quieren “ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman”. La ley “no fue dada para el justo, sino para los transgresores”. Pero “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”. Sigue con una doxología (“Por tanto, al Rey de los siglos...”) y luego termina animando a Timoteo para que milite “la buena milicia” (1 Ti. 1:1–20).

Pablo recomienda “que se hagan rogativas, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres”, especialmente por “los que están en eminencia”. Esto agrada a “Dios nuestro Salvador”. Habla del Señor Jesús como único “mediador entre Dios y los hombres”. Pasa enseguida a exponer lo que debería ser el atavío y comportamiento de la mujer (1 Ti. 2:1–15).

Se enumeran los requisitos para los aspirantes al obispado (“... irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente...”) y para los diáconos (“... honestos, sin doblez, no dados a mucho vino...”). El apóstol le explica que le escribe esas cosas para que Timoteo sepa cómo debía conducirse “en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”. Sigue con la transcripción de lo que probablemente era un himno conocido en la época (“Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu...”) (1 Ti. 3:1–16).

Advierte Pablo sobre “los últimos tiempos”, cuando “algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios”. Le dice que un ascetismo exagerado caracterizará a esos herejes. Timoteo debe desechar “las fábulas profanas y de viejas”, ejercitándose “para la piedad”. Debe ocuparse “en la lectura, la exhortación y la enseñanza”, sin descuidar el don de Dios que le había sido dado. Debía tener cuidado de sí mismo “y de la doctrina” (1 Ti. 4:1–16).

Pasa entonces el apóstol a hacerle recomendaciones sobre cómo tratar, en términos disciplinarios, a los ancianos, los jóvenes, las ancianas, y las jovencitas. El trato a las viudas debía hacerse con sabiduría, viendo primero que los hijos o nietos “aprendan a ser piadosos para con su propia familia, y a recompensar a sus padres”. Las viudas que en verdad lo eran, debían ser puestas en una lista de la iglesia, para recibir ayuda. Los pastores debían ser tratados de manera especial, cuidándose de su manutención material, porque “digno es el obrero de su salario”. Finalmente, Pablo recomienda a su discípulo que cuide de su salud (1 Ti. 5:1–25).

Luego hace recomendaciones sobre la conducta de los siervos. Recomienda “la piedad acompañada de contentamiento”, evitando la avaricia, “porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo ... porque raíz de todos los males es el amor al dinero”. El hombre de Dios “huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre”. El apóstol manda a Timoteo que guarde “el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo”. Continúa estos consejos con otra doxología. Luego habla de la conducta de “los ricos de este siglo”, que no deben ser “altivos” ni poner “la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas”. Reitera a Timoteo, finalmente, que evite “las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia [gnosis]” (1 Ti. 6:1–21).

Segunda a Timoteo. Desarrollo. Pablo saluda a su hijo Timoteo y le expresa sus deseos de verle pronto. Le anima, reconociendo que conoce las Escrituras desde niño, pero que debía avivar “el fuego del don de Dios”. Debe dar testimonio del Señor, sin avergonzarse, reteniendo “las sanas palabras” que había oído de labios del apóstol. Le habla de algunos compañeros que le habían abandonado, pero pide bendiciones para Onesíforo, que le había ayudado en Roma (2 Ti. 1:1–18).

Pablo insiste en animar a Timoteo, que debe comportarse como buen soldado, atleta y labrador. Ha de sufrir penalidades, luchar legítimamente y trabajar para luego esperar el fruto. Inserta lo que parece haber sido otro himno conocido (“Si somos muertos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él...”). Le reitera que evite las “profanas y vanas palabrerías”, haciendo caso al fundamento de Dios: “Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo”. Le hace varias recomendaciones sobre lo que debería ser la conducta del hombre de Dios (2 Ti. 2:1–26).

Le habla de los “postreros días”, que serán “tiempos peligrosos”. Se manifestará mucha corrupción moral (“... hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios...”). Pero Timoteo seguía la “doctrina, conducta, propósito, fe...” del apóstol, habiendo sido testigo de las persecuciones de que había sido objeto. Las Escrituras, que Timoteo sabe desde la niñez, son útiles para “enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Ti. 3:1–17).

Tito. Desarrollo. Pablo comienza hablando de “la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que es según la piedad”. Le dice a Tito que le había dejado en Creta para corregir deficiencias en las iglesias y establecer ancianos. Enseguida enumera los requisitos para estos ancianos, iguales en esencia a los que expuso en 1 Ti. 3:1–13. Explicando ciertos aspectos culturales de los cretenses, Pablo cita a Epiménides, poeta que fue autor de una legislación civil y religiosa para esa isla (“Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos”). Le reitera que los hermanos no deben atender a “fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad” (Tit. 1:1–16).

Tito debe hablar “lo que está de acuerdo con la sana doctrina”. Repite, más o menos, los mismos consejos que dio a Timoteo sobre los ancianos, las ancianas, los jóvenes, los siervos, etcétera. Estos últimos debían sujetarse a sus amos, no ser respondones y no defraudarlos, “sino mostrándose fieles en todo, para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador”. La gracia de Dios se manifestó “enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente”. Esto es lo que había que enseñar (Tit. 2:1–15).

Tito debía recordarles a los hermanos que se sometieran “a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra”. Deben ser mansos, “porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados...”. Sólo “cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor para con los hombres” cambiamos, porque él nos salvó. “No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia”. Los que creen en Dios deben procurar “ocuparse en buenas obras”. Pero evitar las “cuestiones necias, y genealogías, y contenciones, y discusiones acerca de la ley”. Advierte finalmente, que si hay una persona que causa divisiones, debía desecharlo “después de una y otra amonestación”. Después de unas instrucciones personales, le insiste en que “los nuestros deben ocuparse en buenas obras para los casos de necesidad”. Tras algunos saludos, se despide diciendo: “La gracia sea con todos vosotros. Amén” (Tit. 3:1–15).

Lockward, A. (2003). Nuevo diccionario de la Biblia. (1022). Miami: Editorial Unilit.