Diccionario Dt


        DEUTERONOMIO, LIBRO DE Quinto libro del Pentateuco. Su nombre se deriva de la traducción al griego de una frase en el cap. 17 v. 18: “Y cuando se siente sobre el trono de su reino, entonces escribirá para sí en un libro una copia de esta ley”. Las palabras que usaron los traductores de la Septuaginta fue “la segunda ley” o “la ley repetida”. Luego, en la versión latina se lee Deuteronomium. Este término fue el que se popularizó. En el canon hebreo el libro se llama Devarim, que significa “palabras”, tomado del cap. 1 v. 1: “Estas son las palabras que habló Moisés...”

Autor. El libro se atribuye a Moisés (Dt. 31:9, 24), lo cual define también la época en que fue escrito. En el NT se hacen muchas citas de este libro, siempre presentándolas como de Moisés. Se le menciona como “el libro de Moisés” (Mr. 12:26). También dijeron ciertos judíos: “Moisés nos escribió” refiriéndose al asunto del levirato del cual se habla en Dt. 25:5–10 (Lc. 20:28). Algunos piensan que esa es una manera de referirse a los libros del Pentateuco que no necesariamente implica la autoría de Moisés. Se ha señalado la posibilidad de que el libro recibiera su forma actual en una fecha muy posterior, quizás en tiempos de Samuel, o de Ezequías, o de Josías y aun en tiempos posexílicos.
Pero la tradición judía y cristiana señala: a) que el gran énfasis del libro contra la idolatría sólo parece lógico en tiempos de Moisés, cuando comenzaba la religión israelita, especialmente después del incidente de Baal-peor; b) la insistencia sobre la necesidad de un santuario central prueba la antigüedad de la obra, especialmente por el hecho de que no se menciona a Jerusalén; c) la similitud de las leyes de D. con las de otros pueblos antiguos; d) que el ambiente religioso, social y político se asemeja más a los tiempos de Moisés que a cualquier otra época; e) que las instrucciones en contra de los pueblos cananeos y la omisión del nombre de los filisteos entre éstos señala a una época muy lejana; f) que la ausencia de toda mención sobre la división del reino también apunta a una época muy antigua; g) la ausencia de rey en Israel es clara; h) D. guarda un paralelismo asombroso con la estructura de los tratados o acuerdos firmados entre los pueblos de la época mosaica; i) que lingüísticamente no hay razón para colocarlo en una fecha diferente a la de Moisés. Pero no puede descartarse que en el devenir del tiempo se realizaran modificaciones hasta llegar a la forma actual. A pesar de todo esto, hay una corriente de opinión que expone que a lo menos una parte de D. es obra de la misma mano que compiló las historia de •Jueces, los libros de •Samuel y los de Reyes •Pentateuco.

El tema. D. es el libro del pacto. Se considera apropiado el uso del nombre de D. porque en este libro se repite la ley. Viene a ser, pues, una “segunda ley”. Estando frente a la Tierra Prometida, en territorio de •Moab, Moisés anima al pueblo a entrar y poseer la tierra (Dt. 1:5–8). Le recuerda que “Jehová nuestro Dios hizo pacto con nosotros en Horeb”. Ahora, se reconfirma el pacto, se repite lo esencial de éste, que son los llamados “diez mandamientos” y se establecen “los estatutos y decretos” que el pueblo debía guardar (Dt. 5:1–22). Algunos eruditos han señalado la semejanza entre la estructura de D. y la de los documentos legales, pactos o tratados que se redactaban en el segundo milenio a.C. entre los países del mundo antiguo. Se trata, pues, de la alianza entre Dios y su pueblo. El libro utiliza como trasfondo los acontecimientos que se narran en Génesis, Éxodo, Levítico y Números. Hay que notar que D. repite a veces ciertos mandamientos que figuran en lo esencial como establecidos en el libro de Éxodo, especialmente en los capítulos 21 al 23 de dicho libro. Así, compárese Éx. 21:1–11 con Dt. 15:12–18; Éx. 22:16–17 con Dt. 22:28–29; Éx. 22:25–26 con Dt. 24:10–13; Éx. 23:4–5 con Dt. 22:1–4; Éx. 23:8 con Dt. 16:19; Éx. 23:15 con Dt. 16:3; Éx. 23:17 con Dt. 16:16; Éx. 23:18 con Dt. 16:4; Éx. 23:19b con Dt. 14:21b.

Introducción del discurso: Se comienza con un relato histórico que viene a ser una transición natural con lo narrado en los libros anteriores. El pueblo ha pasado cuarenta años en el desierto. Aquellos que vivieron con más conciencia la experiencia de Horeb habían muerto. Al disponerse a abandonar la vida nómada y asentarse en la Tierra Prometida es necesario recordar los grandes hechos de Dios, su fidelidad (que se compara con la infidelidad de Israel) y renovar el pacto antes de entrar en la conquista. Esta recapitulación constituye la introducción del discurso de Moisés, la cual termina advirtiendo al pueblo que debía cumplir las leyes y estatutos dados por Dios (Dt. 1:1 al 4:49).

Primera parte del discurso: Se repiten los diez mandamientos y se sintetizan en las expresiones de Dt. 6:4–5. Israel debe poner empeño en no olvidar la historia de su relación con Dios. A partir de este momento el libro repetirá constantemente: “Acuérdate”, o algo similar. Israel debería repetir las palabras de Dios para sí y las futuras generaciones después que poseyeran las “ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste”, etcétera. Se le enfatiza que no debe hacer alianza con los pueblos de la tierra, sino destruirlos, junto con sus costumbres idólatras. Si cumplía, “Jehová tu Dios guardará contigo el pacto y la misericordia que juró a tus padres. Y te amará, y te bendecirá.... Bendito serás más que todos los pueblos...” (Dt. 7:12–14). Israel ha de cuidarse que después de la conquista no fuera a pensar que lo había logrado con su brazo, olvidándose de Jehová su Dios. Moisés les recuerda que habían faltado en Horeb, y que “rebeldes habéis sido a Jehová desde el día que yo os conozco”, pero que Dios les había perdonado (Dt. 9:24). Les insiste en la necesidad de ser fieles a Jehová y a apartarse de la idolatría (Dt. 5:1 al 11:32).

Segunda parte del discurso: Se incluyen diversos estatutos que pueden ser considerados como suplementarios al Decálogo, dispuestos en la siguiente manera: a) disposiciones de carácter ceremonial; y b) disposiciones de carácter civil y criminal.
En las disposiciones de carácter ceremonial se incluyen la centralización del culto en un lugar (Dt. 12:1–32); advertencias contra la idolatría y los falsos profetas (Dt. 13:1–18); prohibiciones de ritos de duelo que hacían los paganos (Dt. 14:1–2); leyes dietéticas, cuáles animales se podían comer y cuáles no (Dt. 14:3–21); disposiciones en cuanto a los diezmos (Dt. 14:22–29); disposiciones para la liberación de los siervos (Dt. 15:1–18); disposiciones sobre los primogénitos de las vacas y de las ovejas (Dt. 15:19–23); y disposiciones sobre las fiestas (Dt. 16:1–22).
En las disposiciones de carácter civil y criminal se incluyen el nombramiento de los jueces (Dt. 16:18–20; 17:8–13); las leyes aplicables al tema del rey (Dt. 17:14–20); regulaciones para el mantenimiento de sacerdotes y levitas (Dt. 18:1–8); y regulaciones en cuanto a hechiceros y profetas falsos (Dt. 18:9–22); leyes sobre el homicidio (Dt. 19:1–13); una disposición sobre el respeto a los límites de las propiedades (Dt. 19:14); leyes sobre el falso testimonio, etcétera (Dt. 19:15–21).

Tercera parte del discurso: Se mezclan aquí muchos temas. Se establecen las leyes de la guerra. Hay diversas leyes de purificación, sobre el trato a los prisioneros de guerra, la disciplina a un hijo contumaz y rebelde, etcétera. También disposiciones relacionadas con el trato a los animales, las relaciones matrimoniales, la prohibición de la prostitución femenina y masculina, regulaciones de los préstamos, etcétera. Es tan variada la cualidad de estos estatutos y son presentados en forma tan entremezclada que se hace difícil clasificarlos y resumirlos. Se termina esta parte con mandamientos sobre las primicias y su forma de presentación ante Jehová (Dt. 20:1 al 26:19).

Epílogo: Se establece una ceremonia que deberá tener lugar “cuando ... hayas pasado el Jordán”. Las tribus habrían de solemnizar su aceptación del pacto recitando las maldiciones que acarrearía la desobediencia al mismo. Asimismo, las bendiciones que traería la obediencia. Se reitera la exhortación a cumplir con el pacto y, en caso de no hacerlo, a arrepentirse, pues así “circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas”. Terminadas sus palabras y habiéndolas escrito en un libro, Moisés elabora un cántico que concluye en alabanzas a Dios y recibe la orden divina de subir al monte •Abarim para ver la Tierra Prometida y morir. Moisés bendice al pueblo, sube al monte y muere (Dt. 27:1 al 34:12).

Importancia. Cuando en la Biblia se menciona “el libro de la ley de Moisés”, no se está hablando del Pentateuco, sino de D. Así, cuando se dice que •Amasías “no mató a los hijos” de los asesinos de su padre, “conforme a lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés, donde Jehová mandó diciendo: No matarán a los padres por los hijos, ni a los hijos por los padres” (2 R. 14:6), la referencia es a Dt. 24:16. Un tratamiento similar aparece en Jos. 8:31; 23:6. Se piensa que “el libro de la ley” que se encontró en tiempos de •Josías era, precisamente, D., lo que dio lugar a que el rey decidiera convocar el pueblo para renovar la alianza con Jehová, comprometiéndose a cumplir “las palabras del pacto que estaban escritas en aquel libro” (2 R. 22:8–20; 23:1–3). La fe judía escogió como su lema básico la expresión de Dt. 6:4–5 (“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas”). En el NT se hacen referencias o citas de D. en más de ochenta ocasiones.
Lockward, A. (2003). Nuevo diccionario de la Biblia. (284). Miami: Editorial Unilit.