Diccionario Ec


        ECLESIASTÉS, LIBRO DE En el canon hebreo, el l. de E. formaba parte de los Escritos (Ketuvim), dentro de la sección llamada Megillot (los cinco rollos), junto a Cantar de los Cantares, Rut, Lamentaciones y Ester. Por su carácter, esta obra es considerada como una de las mejores muestras de la literatura sapiencial ( •Sabiduría), en la cual se transmiten ideas que encierran la reacción pensada del hombre frente a su experiencia diaria, las conclusiones a las cuales llega y los consejos que quiere trasmitir, todo llevado al propósito último de vivir la vida lo mejor posible.
La perspectiva básica de E. surge evidente en su repetida declaración de que está hablando de las cosas “debajo del sol”, es decir, desde el punto de vista humano. La frase “debajo del sol” se usa como una precaución muy sugestiva más de treinta veces, como para enfatizar que todos sus juicios se limitan a lo observable en la vida presente. No se pretende, por lo tanto, teorizar con fines doctrinales que vayan más allá de eso. Simplemente, se quiere expresar el pensamiento humano normal y corriente, sin pretensiones de revelación. Sus expresiones no son, entonces, buena base para construir sobre ellas doctrinas desde un punto de vista “más allá del sol”.

Autor y fecha. El libro está escrito en primera persona. El autor se llama a sí mismo Cohélet. El término viene de cahal, que significa “asamblea”, o sea ecclesia en griego. Los traductores de la Septuaginta usaron esa palabra para designar al libro de E. Cohélet es, entonces, uno que habla frente a una asamblea, enseñando. Por eso el libro comienza: “Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén” (Ec. 1:1). Estas frases introductorias parecen señalar a Salomón como el posible autor de E. y así se creyó desde el principio de la iglesia. Pero, en realidad, el libro no menciona el nombre de Salomón. La expresión “hijo de David” puede ser utilizada para cualquiera de los reyes de la línea davídica. Por otra parte, el decir “yo fui rey en Jerusalén” (Ec. 1:12) no parece propio de Salomón, que hubiera dicho “soy rey”. En adición a esto, el autor dice: “También tuve posesión grande de vacas y de ovejas, más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén” (Ec. 2:7). Esas palabras no suenan como de Salomón por el hecho de que antes de él sólo reinaron Saúl y David.
Finalmente, la situación social y política llena de injusticia que presenta el libro no encaja dentro de lo que sabemos que acontecía en tiempos del rey sabio. Por estas razones y porque el hebreo de E. es muy posterior al de uso corriente en días de Salomón, se piensa que es posible que el origen del libro se remontara a esos días, pero que fue ampliado, editado y aumentado mucho en tiempos posexílicos. La fecha más reciente que se menciona para el libro de E. es 200 a. C.

El Dios Soberano. Fuera quien fuera Cohélet, lo cierto es que se trataba de un hombre extremadamente religioso. Mientras en el libro de Ester no aparece el nombre de Dios, Cohélet lo menciona unas cuarenta veces en doce capítulos. Para él la vida se desarrolla, sí, con muchos contrastes y diferencias, pero toda ella sujeta a la decisión final de un Dios soberano. Dios es el que da el trabajo y la posibilidad de gozarse en el mismo (2:24). Dios da sabiduría a quien quiere (2:26). Gozar de la vida es don de Dios (3:13). Todo lo que Dios hace será perpetuo (3:14). Dios restaura lo que pasó (3:15). Dios está en el cielo (5:2). Dios es el que da días de vida (5:18). Dios es el que da las riquezas a quien quiere (5:19), etcétera, etcétera. No hay que asombrarse de que la conclusión de Cohélet sea “teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (12:13).
El especial método de Cohélet. Pero para llegar ahí nuestro hombre utiliza una dialéctica muy especial, colocando hechos uno al lado de otro, comparándolos, asombrándose, cayendo en el lamento unas veces y con aire festivo otras. Este método poco convencional hace que muchos se confundan porque no toman el libro en su conjunto, sino que ponen el acento en las frases que sus prejuicios o juicios previos les aconsejan. Es preciso insistir en que la única manera de entender a Cohélet es tomando su discurso en su conjunto. Una afirmación que es tomada de manera aislada, sin su contrapartida en el resto del texto, produce confusión. Nuestro hombre utiliza un método de comparaciones, como si hiciera uso de una balanza, poniendo un concepto en un platillo, luego otro en el otro, y así sucesivamente, para luego sacar sus conclusiones finales.

Las contradicciones de la vida. No se infunde el temor a Dios negando las contradicciones. Y mucho menos tratando de reconciliarlas. Cohélet parte de la idea básica de que la persona humana tiene una especie de “conciencia de eternidad”, que Dios mismo ha puesto en ella. Eso es lo que capacita al hombre para hacer preguntas. Pero el Dios que puso eternidad en nuestro corazón (3:11) dándonos la capacidad inquisitiva de que hacemos gala a cada rato, decidió, en su soberana voluntad, no poner en ese mismo corazón la capacidad de poder contestar a todas las preguntas, y se encuentra sin poder “entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin” (3:11). Desde su perspectiva, limitada a como se ven las cosas “debajo del sol”, sin alusión a un futuro más allá de ese sol porque lo desconoce, porque no le ha sido revelado todavía, trata de buscar un equilibrio entre tantos altibajos de las circunstancias y las cosas, entendiendo que tanto las unas como las otras vienen, en última instancia, de Dios.
Cuenta que hubo un tiempo en que creyó que la sabiduría era la respuesta. Por lo tanto, se dedicó “a conocer la sabiduría, y también a entender las locuras y los desvaríos” (1:17). Pero encontró que el mucho saber no es nada dulce, es molestoso “y quien añade ciencia, añade dolor” (1:18). Ante una declaración como esa lo lógico era esperar que continuara rechazando la sabiduría por completo. Pero no. A pesar de la molestia y el dolor que ella trae, su recomendación constante es a que se la busque. Él mismo la buscó y la conservó (2:9), porque reconocía que con ella era mejor vivir la vida. “Porque escudo es la ciencia, y escudo es el dinero; mas la sabiduría excede, en que da vida a sus poseedores” (7:12). Por un lado la rechaza y por el otro la recomienda.

Las obras de Dios y las obras del hombre. Una de las cosas que molestan a Cohélet es la futilidad del trabajo humano. Se puso a examinarlo detenidamente y terminó diciendo que es vanidad. Mientras todo lo que hace Dios es inmutable y permanente (7:13), el ser humano se empeña en una febril actividad que termina dejándole las manos vacías. Mientras las obras de Dios están marcadas de infinitud, el hombre no sólo no las puede imitar, sino que ni siquiera las puede alcanzar con la mente (8:17). En su propia experiencia, habiéndose embarcado en una serie de actividades productivas y creadoras, al terminar de ellas encuentra, en sus propias palabras: “Miré luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol” (2:11).

El problema de la muerte. Lo peor de todo, en la perspectiva subsolar, es que tanto el sabio como el necio terminan con la muerte, que es un acontecimiento nivelador. “Como mueren los unos, así mueren los otros” (3:19). El panorama que ve es oscuro. Sólo sabe, con el autor de Hebreos, que “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (He. 9:27). No sabe más. No ha recibido luz sobre el estado del hombre entre la muerte y el juicio, ni de lo que viene después del juicio. Habla de lo que ve, hasta donde alcanza su vista, sin telescopio de revelación. “¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?” (3:21), dice. Sin embargo, al término de su discurso hace una declaración de fe muy clara: “El Espíritu vuelve a Dios, que lo dio” (12:7).

El problema de las injusticias. “Vi más debajo del sol: lugar del juicio, allí impiedad; y en lugar de la justicia, allí iniquidad” (3:16). “Me volví y vi todas las violencias que se hacen debajo del sol; y he aquí las lágrimas de los oprimidos, sin tener quien los consuele; y la fuerza estaba en la mano de sus opresores” (4:1). El cuadro general de la humanidad, cuando la contemplamos desde esa óptica, nos parece un desorden. Aquellos que no han recibido el don de la fe, viendo eso, aumentan su resistencia a Dios. Cohélet, sin embargo, llama la atención de sus oyentes a la existencia de un orden en el mundo. “Si opresión de pobres y perversión de derecho y de justicia vieres en la provincia, no te maravilles de ello; porque sobre el alto vigila otro más alto, y uno más alto está sobre ellos” (5:8).

El placer como don divino. “Yo he conocido que no hay para ellos cosa mejor que alegrarse, y hacer bien en su vida; y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor” (3:12). La legitimidad del placer se hace patente al hablar de su origen: viene de Dios. La ilegitimidad de su uso consiste, no en su disfrute, sino en su endiosamiento. Cohélet anima al placer. “En el día del bien goza del bien” (7:14). Pero no lo pongas como meta de tu vida. ¡Cuán lejos se encuentran las palabras de Cohélet de la enseñanza del monaquismo y del ascetismo que todavía hoy trata de imponer una concepción de Dios totalmente ausente de alegría! El placer que viene de Dios es un don concedido con el específico propósito de que sea disfrutado. Hacerlo es obedecer, porque se hace lo que Dios decidió. “Goza de la vida con la mujer que amas” (9:9) por ejemplo, no es una recomendación que se hace por condescendencia a la flaqueza de la carne. Tómese la expresión dentro del marco de lo que el Dios soberano ha establecido para su creación, y las cosas se verán totalmente distintas.

La juventud y la vejez. Es evidente que el discurso de Cohélet tiene la intención de enseñar a personas que tienen todavía por delante un largo trecho por vivir. Su énfasis en animar al disfrute del bien, sus advertencias contra la necedad, la recomendación de la sabiduría, todo hace pensar que en su mente estaba una población de oyentes jóvenes. Para él “todo es vanidad”, incluidas la adolescencia y la juventud (11:10). Pero aunque todas las cosas son vanidad, la vejez es la más vana de ellas. La descripción que hace de la ancianidad, un poema considerado como de lo mejor que se haya escrito sobre el tema, tiene la intención de alertar a sus oyentes sobre lo que les espera. Va a llegar la etapa de la vida en que cada momento es molestoso, “los años en los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento” (12:1). ¿Qué quieres tener en ese momento? La seguridad de que viviste tus días en el temor de Dios, gozando cuanto él te dio y considerando seriamente tu conducta cada vez que él permitió que te azotara el mal. No te dice Cohélet que te abstengas del disfrute de las cosas. Todo lo contrario. Pero sin olvidar un sólo momento que “Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (12:14).
Lockward, A. (2003). Nuevo diccionario de la Biblia. (309). Miami: Editorial Unilit.