Diccionario Ef


        EFESIOS Libro del NT. Una carta apostólica.

Autor y fecha. Los manuscritos más antiguos no contienen el título de “a los E.” para esta epístola. Para explicar esto se han dado varias teorías, siendo la más aceptada que probablemente se trata de una carta circular, enviada a varias iglesias, entre ellas la de •Éfeso. Pero sucede también que algunos alegan que Pablo no fue el autor. Incluso se ha llegado a señalar que es posible que este escrito fuera de la época posapostólica. Se basa este pensamiento en muchos detalles. Es cierto que el lenguaje de E. difiere mucho del que Pablo utiliza en otras partes. Se utilizan en E. más de cuarenta palabras que no aparecen en ninguna otra de las cartas paulinas. El estilo no es tan argumentativo, sino más bien lírico. Incluso los paralelismos que existen entre E. y los escritos de Pablo, especialmente en el caso de •Colosenses, son utilizados para señalar que no fue él el autor de E., sino otra persona que estaba muy imbuida del pensamiento paulino.
Sin embargo, la conclusión de la mayoría de los estudiosos consiste en confirmar la autoría paulina de E., cosa en la cual concuerdan los llamados padres de la Iglesia, dando como fecha aproximada para la epístola los años 61–62 d. C., cuando Pablo estaba preso en Roma.

Características. Esta epístola del apóstol Pablo ha sido considerada como “una de las composiciones más divinas escritas por el hombre” a causa de la sublimidad de su contenido. Se distingue de las otras que escribió porque no se encuentran en ella alusiones personales, ni reminiscencias. Y no se colige del texto que tuviera por propósito reaccionar a alguna circunstancia o doctrina en particular. Es una epístola eminentemente doctrinaria.

Relación con Colosenses. Las similitudes entre ambas epístolas son evidentísimas, pero es casi unánime la opinión de que E. fue escrita después de Colosenses. El plan general, la estructura, es igual en ambos casos. Dos terceras partes de Colosenses (60 a 75 versículos) contienen la misma idea y una redacción parecida a E., que viene a ser, entonces, como una ampliación de la primera.
Así, en Col. 1:19 se lee: “... que en él habitase toda plenitud” y en Col. 2:9: “... porque en él habita ... toda la plenitud de la Deidad. E. lo pone de esta manera en 1:23: ”... la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo".
Col. 1:21: “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente...” E. expresa en 2:12: “En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel”.
Col. 4:5 dice: “... redimiendo el tiempo”. E. 5:16 lo expresa así: “... aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos”. Y así sucesivamente.

El sublime plan de Dios. Al igual que las otras epístolas de Pablo, es posible dividir a E. en una parte doctrinal y una parte práctica. El apóstol comienza tratando de dar a sus lectores una idea del sublime plan de Dios para todos los siglos. Dios escogió a los santos “antes de la fundación del mundo” con un propósito: hacerles “santos y sin mancha delante de él”. Para ello los bendijo “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”, porque Dios decidió “reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos”. Por esa razón, el apóstol ora para que el Señor dé a los hermanos “espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él”, a fin de que entiendan la dimensión de “la esperanza a que él os ha llamado” (Ef. 1:1–23).

Antecedentes de los redimidos. La grandeza del propósito de Dios se aprecia más cuando se tiene en cuenta la triste condición en que se encontraban los efesios antes de oír el evangelio (“muertos en vuestros delitos y pecados”). Estando así, “Dios que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó”, envió a su Hijo a morir por nuestros pecados, para resucitarnos con él y sentarnos “en lugares celestiales con Cristo Jesús”. Todo eso, por la pura gracia de Dios (Ef. 2:1–10). Además, les recuerda que, como gentiles, estaban antes “sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo”. Pero ahora, por la obra reconciliadora de Cristo, que es “nuestra paz”, ya no eran “extranjeros, ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” (Ef. 2:11–22).

El misterio develado. “¡Que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo” era algo inusitado! El que esta obra magnífica fuera a alcanzarles era un “misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu”. Dios encargó a Pablo “la administración de esta gracia” por medio de una revelación. “Por esta causa”, el apóstol ora para que el Señor les conceda “el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu”, para que sean “plenamente capaces de comprender” la dimensión del “amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef. 3:1–21).

La iglesia: unidad y diversidad. El apóstol resalta el papel de la iglesia en el plan de Dios. Cristo fue dado “por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo” (Ef. 1:22–23). La sabiduría de Dios es dada a conocer “por medio de la iglesia” (Ef. 3:10). Para que a Dios “sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades” (Ef. 3:21). Los miembros de la iglesia deben ser “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu ... un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos”. Recordando, además, la diversidad de dones y operaciones (“apóstoles ... profetas ... evangelistas ... pastores y maestros”) dados por Dios “para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef. 4:1–16).

Consecuencias prácticas. Sacados de trágica situación y redimidos por Cristo, los creyentes, viendo el gran plan de Dios, deben reaccionar con un nuevo andar, diferente al de los gentiles “que andan en la vanidad de su mente”. Los creyentes, “en cuanto a la pasada manera de vivir”, deben despojarse “del viejo hombre” y renovarse “en el espíritu” de su mente. Deben hablar la verdad; no dejarse dominar por la ira; no robar, sino trabajar para dar al necesitado; mantener un lenguaje limpio y, en fin, no contristar “al Espíritu Santo de Dios”. Les anima a la diligencia, al buen uso del tiempo, a la sensatez y al dominio propio. “Hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones”. Deben los creyentes evitar la embriaguez y procurar, al contrario, el ser “llenos del Espíritu Santo”. Todos deben someterse unos a otros. Las casadas a sus maridos, los hijos a sus padres, los siervos a sus amos, etcétera (Ef. 4:17 al 6:9).

La lucha celestial. Esa realidad que el apóstol describe con un lenguaje tan alto, que pone a los creyentes en los lugares celestiales, es equilibrado con el señalamiento de la necesidad de fortalecerse y capacitarse para la lucha espiritual que se desarrolla “contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad” precisamente “en las regiones celestes”. Para ello utiliza como ilustración el equipamiento de un soldado de su época. “Tomad toda la armadura de Dios”. Cinto, coraza, calzado, escudo, yelmo, espada, etcétera, “Orando en todo tiempo”.
La carta a los E. fue enviada con •Tíquico, “hermano amado y fiel ministro en el Señor” (Ef. 6:10–24).
Lockward, A. (2003). Nuevo diccionario de la Biblia. (317). Miami: Editorial Unilit.