Diccionario Gá


        GÁLATAS, EPÍSTOLA A LOS Carta escrita a los hermanos de Galacia. El texto dice: “... a las iglesias de Galacia” (Gá. 1:2). El Imperio Romano formó la provincia de Galacia incluyendo varias regiones además de los gálatas propiamente dichos. Éstos vivían en lo que hoy es Turquía, a orillas del mar Negro. Pero administrativamente, también se llamaba Galacia a subregiones como Frigia, Licaonia y otras más. No se sabe a ciencia cierta a cuáles iglesias se dirigió la carta. La mayoría de los estudiosos piensan que se trataba de •Antioquía de Pisidia, •Iconio, •Listra y •Derbe (Hch. 13 al 14).

Autor y fecha. El apóstol Pablo es el autor de la epístola, en la cual aconseja a los creyentes a mantener la pureza de la doctrina del evangelio en contra de los planteamientos judaizantes que algunos querían imponerles. El tema es básicamente el mismo que motivó el •Concilio de Jerusalén. Como Pablo no hace uso de las resoluciones de ese Concilio en el texto de esta carta, muchos piensan que la escribió antes de la celebración del mismo en el año 49 d.C. De ser así, ésta sería la más antigua de las epístolas de Pablo.

Desarrollo. Pablo comienza enfatizando su autoridad como apóstol (“... no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo” [Gá. 1:1]). Luego expresa su asombro porque los hermanos se habían “alejado” del evangelio que los “llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente”. Aclara que no hay otro evangelio, y que el que predique algo distinto es anatema (Gá. 1:6–9). Enseguida pasa a describir el evangelio que predicaba y la forma en que recibió la comisión para ello. Narra así:

a) Su oposición anterior al cristianismo y su conversión (Gá. 1:10–24).
b) La forma en que resistió los intentos judaizantes en uno de sus viajes a Jerusalén en compañía de Tito (Gá. 2:1–5).
c) La decisión adoptada en Jerusalén de reconocer que Pablo y Bernabé irían a los gentiles, mientras que Jacobo, Cefas y Juan a la circuncisión (Gá. 2:6–10).
d) El incidente con Pedro en Antioquía, donde Pablo le resistió “porque era de condenar” por su simulación al no juntarse con los gentiles después que llegaron “algunos de parte de Jacobo” (Gá. 2:11–13).
e) Un resumen de los argumentos que esgrimió frente a Pedro en esa ocasión, señalando que “el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo” y que él estaba “con Cristo ... juntamente crucificado” y que lo que vivía ahora en la carne lo vivía “en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:14–21).

Dirigiéndose entonces más directamente a sus lectores (“Oh gálatas insensatos”), les hace recordar que habían recibido el Espíritu por medio de la fe. Que habían comenzado por el Espíritu y ahora querían “acabar por la carne” (Gá. 3:1–5). El ejemplo de Abraham, el cual “creyó a Dios, y le fue contado por justicia” es una prueba que utiliza el apóstol. Basándose en su historia, aclara:

a) Que la promesa es para los creyentes (“los que son de fe son hijos de Abraham” [Gá. 3:6–9]), lo que incluye a los gentiles.
b) Que “los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición”, de la cual Cristo nos redimió “hecho por nosotros maldición” (Gá. 3:10–14).
c) Que la promesa era para la simiente, en singular, de Abraham, “la cual es Cristo”, en el cual están incluidos los creyentes (Gá. 3:15–16).

A la pregunta de “¿Para qué sirve la ley?”, responde que fue “añadida a causa de las transgresiones”. Que fue una especie de “ayo, para llevarnos a Cristo”, pero que “venida la fe, ya no estamos bajo ayo” (Gá. 3:19–29). El creyente es hijo de Dios y, por lo tanto, “heredero de Dios por medio de Cristo” (Gá. 4:1–7).
El que los gálatas le hayan hecho caso a las doctrinas de los judaizantes y se pusieran a guardar “los días, los meses, los tiempos y los años” es, para el apóstol, un retroceso, volver “de nuevo a los débiles y pobres rudimentos...” (Gá. 4:8–11). Lo cual es extraño en ellos, puesto que Pablo reconoce que su conversión había sido sincera, habiéndole recibido a él “como a un ángel de Dios”, aunque estaba enfermo (Gá. 4:12–16).
Continuando con su asombro, les recuerda de nuevo la historia de Abraham, pero ahora mencionando a sus dos hijos, “uno de la esclava, el otro de la libre”, para indicarles que representan a la Jerusalén terrenal, el primero, y a “la Jerusalén de arriba”, el segundo; los que son nacidos “según la carne” y “según el Espíritu”, respectivamente. Los creyentes “no somos hijos de la esclava, sino de la libre” (Gá. 4:17–31).

Por lo tanto, debemos estar “firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres” y no volver a estar “otra vez sujetos al yugo de esclavitud”. El volver a los rudimentos equivale a desligarse de Cristo. Los verdaderos creyentes esperan “por la fe la esperanza de la justicia; porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor” (Gá. 5:1–6).

Pablo condena resueltamente a aquellos que habían perturbado a los gálatas con las doctrinas judaizantes. Les reitera a los gálatas que se mantengan firmes en la libertad cristiana. Solamente que no debían usar esa libertad “como ocasión para la carne”, sino servirse “por amor los unos a los otros”, cumpliendo así la ley, resumida en el mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Debían reconocer que “el deseo de la carne es contra el Espíritu” y viceversa. Les habla de “las obras de la carne” y “el fruto del Espíritu” (Gá. 5:7–26).

Finalmente, les exhorta a sobrellevar “los unos las cargas de los otros”, siendo pacientes entre sí, evitando la vanagloria. Deben hacer “partícipe de toda cosa buena” a los que los instruyen en la fe. No deben sembrar para la carne, sino para el Espíritu y no cansarse de hacer “el bien a todos, mayormente a los de la familia de la fe”. Les aclara que aquellos que les recomendaban la circuncisión lo que querían era “gloriarse en vuestra carne”, pero que él no se gloriaría sino sólo “en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.... Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación” (Gá. 6:1–15).

Se despide deseando paz y misericordia para “todos los que anden conforme a esta regla” y pide que nadie le moleste más, porque él traía en su “cuerpo las marcas del Señor Jesús” (Gá. 6:16–18).
Lockward, A. (2003). Nuevo diccionario de la Biblia. (417). Miami: Editorial Unilit.