Diccionario Mi


        MIQUEAS, LIBRO DE Sexto libro en la colección de los profetas menores.

         Autor y fecha. Como M. predicó en los tiempos de •Jotam, •Acaz y •Ezequías, el material básico para esta colección de oráculos viene de ese tiempo (786–750 a.C.), por lo cual se atribuye el libro al profeta. Sin embargo, en la tradición judía se habla de la llamada “Gran Sinagoga”, que durante el período persa compiló y canonizó varios escritos bíblicos, entre ellos el del profeta Miqueas. La fecha de este libro ha sido objeto de mucha discusión. Es conveniente recordar siempre que el libro contiene varios oráculos de Miqueas. La forma en que el libro está editado no implica necesariamente que las profecías fueron dichas una detrás de la otra, sin intervalos entre ellas.

Circunstancias. En el gobierno de Jotam se hizo un censo en Galaad (Transjordania) (1 Cr. 5:17) y hubo un conflicto con •Rezín, rey de Siria y •Peka, rey de Israel. Pero su hijo Acaz se distinguió por un comportamiento impío, llegando a quemar en sacrificio a sus propios hijos (2 Cr. 28:3–4). Fue en una época cuando se vieron fuertes amenazas de invasión desde Asiria. Los reyes de Israel y Siria propusieron una alianza antiasiria, pero Acaz se negó, por lo cual le invadieron y le hicieron mucho daño (2 Cr. 28:5–8). Los edomitas aprovecharon la situación de debilidad de Acaz y atacaron a Judá. Todo esto aconteció por la impiedad de Acaz (2 Cr. 28:19), quien pidió auxilio a los asirios comprando su ayuda con los tesoros de la casa real y de la casa de Jehová (2 R. 16:8). Los asirios atacaron Siria y tomaron Damasco, dejando a Judá como tributario (2 Cr. 28:20–21). Acaz visitó a Tiglat-pileser en Damasco y vio un altar pagano cuyo diseño le gustó, lo mandó copiar e hizo uno igual, haciendo modificaciones en el •templo.

Durante este tiempo Miqueas ha venido predicando varios oráculos anunciando juicio de Dios contra Jerusalén y Samaria. Cuando Ezequías, hijo de Acaz, sube al trono, las profecías contra Samaria se cumplen, ya que es destruida. Ezequías reacciona ante el mensaje del profeta y comienza su famosa reforma religiosa en Jerusalén.

Desarrollo. El profeta comienza denunciando “la rebelión de Jacob”, que es Samaria y “los lugares altos de Judá”, que es Jerusalén. Dios vendrá a hacer juicio “y se derretirán los montes debajo de él”. Samaria será hecha “montones de ruinas”. La calamidad vendrá “hasta Judá ... hasta la puerta de mi pueblo, hasta Jerusalén”. Nombra varios pueblos hasta los cuales llegará la destrucción: •Gat, •Bet-le-afra, •Safir, •Zaanán, •Betesel, •Marot, •Laquis, •Maresa, •Adulam. Es una alusión a la invasión asiria que vendría. Todos estos pueblos se verían afectados por ella (Mi. 1:1–16).

El segundo capítulo incluye una denuncia de los gobernantes, que “oprimen al hombre y a su casa, al hombre y a su heredad”. Éstos serán destruidos y sus heredades repartidas a otros. Son los que dicen a los profetas: “No profeticéis”. “Si alguno andando en espíritu de falsedad mintiere diciendo: Yo te profetizaré de vino y de sidra; este tal será el profeta de este pueblo”. Dios se queja “del que ayer era mi pueblo”, donde ahora impera la injusticia. Sin embargo, Dios promete juntar al remanente de Israel, poniéndose “a la cabeza de ellos” (Mi. 2:1–13).

Los príncipes y jefes de Israel aman la injusticia (“... aborrecéis lo bueno y amáis lo malo”) y explotan al pueblo. Los profetas hablan de paz “cuando tienen algo que comer, y al que no les da de comer, proclaman guerra contra él”. Dios no oirá el clamor de los príncipes y “sobre los profetas se pondrá el sol”, pues “no [habrá] respuesta de Dios”. El profeta habla en primera persona: “Mas yo estoy lleno de poder del Espíritu de Jehová ... para denunciar a Jacob su rebelión”. Los “jefes juzgan por cohecho, y sus sacerdotes enseñan por precio, y sus profetas adivinan por dinero”. Por todo esto “Sion será arada como campo, y Jerusalén vendrá a ser montones de ruinas” (Mi. 3:1–12).

Pero en los postreros tiempos “el monte de la casa de Sion será establecido por cabecera de montes”. Las naciones vendrán allí a adorar a Dios. Habrá una paz universal (“... martillarán sus espadas para azadones, y sus lanzas para hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra. Y se sentará cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera...”). Dios tratará a Israel como un pastor a la oveja descarriada, “y Jehová reinará sobre ellos en el monte de Sion”. Esta gloria comenzará por “el reino de la hija de Jerusalén”. No obstante, esto pasará después que Jerusalén haya sido llevada a Babilonia, de donde será luego librada para convertirse en señora de naciones (Mi. 4:1–13).

En el capítulo quinto aparece la promesa del Mesías: “Pero tú, Belén Efrata ... de ti saldrá el que será Señor en Israel”, quien “será engrandecido hasta los fines de la tierra. Y éste será nuestra paz”. Los esparcidos de Israel serán “como el león entre las bestias de la selva”. Pero ciertamente, Dios ha decidido destruir “las ciudades de tu tierra.... tus esculturas y tus imágenes”, así como “las naciones que no obedecieron” (Mi. 5:1–15).

Dios tiene “pleito con su pueblo”. Le recuerda lo que hizo por él, hablándole del •éxodo y el incidente de Balaam. Luego, señala que lo que agrada a Jehová no son “millares de carneros, o diez mil arroyos de aceite”, ni que se le ofrende el hijo primogénito. Lo que Dios pide es “hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios”. Se acusa a los impíos que acumulan “tesoros de impiedad”, a los que tienen “balanza falsa y bolsa de pesas engañosas”. Por esas cosas Dios ha enviado castigo (Mi. 6:1–16).

El profeta se lamenta porque “faltó el misericordioso de la tierra y ninguno hay recto entre los hombres.... El mejor de ellos es como el espino; el más recto, como zarzal”. No se respeta la amistad ni se puede confiar en los vínculos familiares. Pero hay esperanza (“Mas yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá”). Los enemigos no deben alegrarse del juicio de Dios sobre su pueblo, porque Dios edificará los muros de Jerusalén y hará “maravillas como el día que” salió Israel de Egipto. “Las naciones.... lamerán el polvo como la culebra”. El libro termina haciendo un juego de palabras con el nombre de Miqueas, al decir: “¿Qué Dios como tú...” Ese Dios es el que “perdona la maldad.... El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados...” (Mi. 7:1–20).

Lockward, A. (2003). Nuevo diccionario de la Biblia. (710). Miami: Editorial Unilit.