Diccionario Ro


        ROMANOS, EPÍSTOLA A LOS Uno de los libros del NT.

        Autor y fecha. No se discute la autoría del apóstol •Pablo, que la escribió entre los años 56–60 d.C.

Circunstancias. En su tercer viaje misionero, Pablo trabajó extensamente en la ciudad de •Éfeso (Hch. 19). Después fue a Macedonia y a Acaya, con una larga estancia en •Corinto. Desde allí pensaba viajar a Jerusalén acompañando a los hermanos que llevaban una ofrenda para los pobres de esa ciudad (“Mas ahora voy a Jerusalén a ministrar a los santos” [Ro. 15:25]). En vez de tomar una trayectoria más directa, decidió subir a Macedonia y después a Troas, en su ruta hacia Jerusalén. La mayoría de los eruditos opinan que fue antes de emprender este viaje, estando en Corinto, cuando Pablo escribió esta epístola y la envió por mano de •Febe, “diaconisa de la iglesia en Cencrea”, que era un puerto de Corinto (Ro. 16:1–2).
El apóstol escribe a una comunidad de creyentes compuesta de judíos convertidos pero con un gran componente, quizá la mayoría, de gentiles. Hay que recordar que en años anteriores se había producido el famoso decreto del emperador •Claudio que ordenaba la expulsión de los judíos de Roma (Hch. 18:2). El historiador Suetonio indica que el motivo había sido por unos alborotos causados entre ellos a causa de un tal “Chrestos”. Pero ese decreto, y otros similares, pasaban pronto al olvido y los judíos retornaban. Las matanzas que luego tendrían lugar en tiempos de •Nerón, indican que la población de cristianos era muy grande en Roma.

Propósito. El apóstol había desarrollado una labor de evangelización que alcanzó ciudades principales desde las cuales luego el mensaje se extendía a otras partes. Consideraba que esa estrategia había llenado su cometido en el E del Imperio Romano (“... desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo” [Ro. 15:19]). Pensaba ahora que debía dirigirse al O del imperio, y llegar hasta España. De paso, quería pasar por Roma, donde había ya una iglesia que podía ayudarle en ese propósito. Además, Roma misma estaba en los pensamientos del apóstol como una especie de coronación de su ministerio misionero, dada la importancia de la ciudad y su influencia. Pablo sabía lo conveniente que era el mantener pura la doctrina de la iglesia allí, como un centro que irradiaría hacia otras partes del imperio. La iglesia de Roma había sido fundada sin la intervención de ninguno de los apóstoles. Con su carta, Pablo procura asegurarse de que la joven iglesia caminara por los senderos de la fe y la gracia, y evitar que fuera víctima de los judaizantes.

Características. La forma en que Pablo se expresa difiere mucho de sus otros escritos epistolares. Él no estaba contestando una serie de preguntas, como le habían hecho los hermanos de Corinto, sino que expone de una forma sistemática, como quien da una clase magistral, no como quien conversa con conocidos. Sólo al final de la epístola se permite introducir el elemento personal, enviando saludos. Muchos, pues, dicen que Romanos es más un tratado que una epístola. La exposición del evangelio que hace el apóstol en Romanos es considerada de enorme importancia desde el punto de vista teológico, intelectual, histórico y práctico para los creyentes de todas las edades. Para Lutero, Romanos es el libro más importante de todo el NT. Es notable la semejanza en la utilización de términos que existe entre Romanos y Gálatas. Razón que lleva a algunos a pensar que ambas epístolas fueron escritas en fechas cercanas entre sí. Los problemas levantados alrededor de los temas de la gracia y la ley dominan ambos escritos.

Desarrollo. La epístola comienza con una salutación (“... a todos los que estáis en Roma” [1:7]). El apóstol ora siempre por ellos y quiere verles (“... para comunicaros algún don espiritual” [1:11]). Quiere predicarles el evangelio, pues “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres” (1:18). Les habla de que la injusticia y la incredulidad de los hombres les había conducido a “pasiones vergonzosas” (1:26) y detalla muchas de ellas (Ro. 1:1–32).

Los hombres, entonces, son inexcusables. Dios hará juicio “según verdad” (2:2). Este juicio es para todos, “al judío primeramente y también al griego” (2:10). Se dirige entonces a los que llevan “el sobrenombre de judío” (“... te apoyas en la ley, y te glorías en Dios” [2:27]). Les explica que si se transgrede la ley la circuncisión no vale de nada, pero si hay alguno que “físicamente es incircunciso, pero guarda la ley” está mejor. El verdadero judío es “el que lo es en lo interior” (Ro. 2:1–29).

Pero hay ventaja en ser judío físicamente, pues a ellos “ha sido confiada la palabra de Dios” (3:2). Ahora bien, el fallo de los judíos y su incredulidad no quiere decir que los demás son mejores (“... pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado” [3:9]). Ahora, sin embargo, “aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas” (3:21). Esto sucede a través de Jesucristo. Dios es Dios tanto de los judíos como de los gentiles y la justicia se alcanza por la fe. De esta manera se confirma la ley (Ro. 3:1–21).

Pablo sigue aclarando que la justicia de Dios se recibe mediante la fe. Pone el ejemplo de Abraham, quien creyó a Dios “y le fue contado por justicia” (4:3). Abraham es padre de aquellos “que siguen las pisadas de la fe que tuvo” (4:12), pues él “creyó en esperanza contra esperanza” (4:18). Lo que se escribió sobre Abraham en cuanto a que “su fe le fue contada por justicia” (4:22), también se aplica a nosotros, “a quienes ha de ser contada” por haber creído “en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro” (4:24) (Ro. 4:1–25).

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios” (5:1). Por medio de Jesucristo “hemos recibido ahora la reconciliación” (5:11). Explica Pablo que existía muerte antes de que se diera la ley, “aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán” (5:14). Compara el caso de Adán con el de Cristo. Con Adán, “el juicio vino sobre muchos a causa de un solo pecado para condenación”, pero con Cristo “el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación” (5:16) (Ro. 5:1–21).

Eso no quiere decir que vamos a pecar “para que la gracia abunde” (6:1). Los cristianos hemos muerto al pecado. Habla del bautismo como símbolo de esa muerte y el nuevo andar en Cristo. “Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (6:8). Exhorta a los creyentes a no presentar sus “miembros al pecados como instrumentos de iniquidad, sino” a presentarse a Dios “como vivos de entre los muertos” (6:13). Los creyentes han sido “libertados del pecado y hechos siervos de Dios” (6:22) (Ro. 6:1–23).

Pablo se dirige a “los que conocen la ley” (7:1). Tienen que comprender que han “muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo” (7:4) y ahora “estamos libres de la ley” (7:6). La ley sirvió para darnos conocimiento de lo pecaminoso. La ley es buena y espiritual. “Pero yo soy carnal, vendido al pecado” (7:14). Eso produce una tensión interior (“... porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” [7:18]), que conduce a la desesperación (“¡Miserable de mí!” [7:24]). Afortunadamente, Jesucristo es quien nos libra “de este cuerpo de muerte” (Ro. 7:1–25).

“Lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne”, Dios lo resolvió enviando a su Hijo. Los que han creído son personas que andan “conforme al Espíritu”. Sigue explicando que el creyente no puede vivir según la carne, sino según el Espíritu. Por medio de éste somos hechos “hijos de Dios.... herederos de Dios y coherederos con Cristo” (8:16–17). La misma creación espera “la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (8:21). El Espíritu Santo nos ayuda en la oración. Y “todas las cosas les ayudan a bien ... a los que conforme a su propósito son llamados” (8:28). Nada nos puede separar del amor de Cristo (Ro. 8:1–39).

Pablo describe su cariño hacia el pueblo de Israel, pero aclara: “No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino los que son hijos según la promesa” (9:8). Dios es soberano y elige, “así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (9:16). El hombre no puede altercar con Dios por sus soberanas decisiones. “Los gentiles, que no iban tras la justicia, han alcanzado la justicia, es decir, la justicia que es por fe” (9:30). Israel no la alcanzó “porque iban tras ella no por fe” (9:31) (Ro. 9:1–33).

El apóstol ratifica su amor por Israel. “El fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (10:4). Para que las gentes tengan fe es necesario que se les predique, pues “la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (10:17). Israel ha oído, pero ha sido rebelde (“Todo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde y contradictor” [10:21]) (Ro. 10:1–21).
Pero Dios no ha desechado a su pueblo. Hay un remanente “que no han doblado sus rodillas delante de Baal. Así también ha quedado un remanente escogido por gracia” (11:4–5). Pablo se dirige ahora a los gentiles (“Porque a vosotros hablo, gentiles” [11:13]). No deben ensoberbecerse por lo acontecido a los israelitas (“... por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme” [11:20]). Los israelitas, “si no permanecieren en incredulidad, serán injertados” (11:23). Llegará el momento en que “todo Israel será salvo” (11:26), “porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (11:29) (Ro. 11:1–36).

A partir de este momento Pablo pasa a recomendaciones prácticas. Los creyentes deben ofrendar sus “cuerpos en sacrificio vivo” (12:1). Deben pensar de sí mismos “con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (12:3). Deben comportarse como miembros de un mismo cuerpo. Gozarse. Buscar la paz y no dejarse vencer por el mal, sino vencerlo haciendo el bien (Ro. 12:1–21).

Los creyentes deben obedecer a las autoridades. Deben pagar sus impuestos (“No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros” [13:8]). Exalta el amor como la suprema ley. Los creyentes deben vestirse de Jesucristo y no proveer “para los deseos de la carne” (Ro. 13:1–14).

Habla del trato para con el débil en la fe. Nadie debe juzgar “al criado ajeno” (14:4). Trata el tema de las diferencias en los problemas de conciencia, especialmente en lo relativo a comer o no comer carne, y los que hacen diferencia entre día y día, llamando a la tolerancia y al amor (Ro. 14:1–23).

Los fuertes deben “soportar las flaquezas de los débiles” (15:1). Desea que entre los romanos haya “un mismo sentir según Cristo Jesús” (15:5). Deben recibirse los unos a los otros, tanto judíos como gentiles, pues Cristo vino “para confirmar las promesas hechas a los padres y para que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia” (15:7–8). Reconoce que les ha escrito “en parte con atrevimiento” (15:15), pero “no osaría hablar sino de lo que Cristo” había hecho por medio de él “para la obediencia de los gentiles” (15:18). Él se había esforzado en “predicar el evangelio” en los lugares donde nadie había ido, pues no quería “edificar sobre fundamento ajeno” (15:20). “Pero ahora, no teniendo más campo en estas regiones” (15:23) y queriendo ir a España, desea ir a ellos después del viaje a Jerusalén a llevar la ofrenda de los hermanos de Macedonia y Acaya. Pide que oren por él (Ro. 15:1–33).

El último capítulo contiene una serie de salutaciones personales, y termina con una doxología: “Y al que puede confirmaros según mi evangelio ... al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén.” (Ro. 16:1–27).
Lockward, A. (2003). Nuevo diccionario de la Biblia. (893). Miami: Editorial Unilit.