El Contenido de la Biblia

El Contenido de la Biblia

El Contenido de la Biblia

Empezar a estudiar la Biblia debe ser una experiencia emocionante. Como la del visitante que tras muchos años de espera, ve convertido en realidad su sueño de visitar el Museo Metropolitano de Nueva York, el Louvre de París, el Museo de Antropología de México o las salas del Museo del Vaticano en Roma. Desbordante de emoción se detiene unos instantes aún fuera del edificio y contempla extasiado su imponente fachada. Ahora, cruza ansioso el pórtico y sus ojos recorren y se extasían en las columnas interiores, las amplias salas, los limpios e interminables corredores. Por fin decide iniciar el recorrido de los silenciosos salones. Para él, en ese momento el tiempo se detiene. EL mundo exterior se aleja y solamente existe la belleza de los cuadros y las esculturas, joyas maravillosas de los grandes maestros de todos los tiempos. Su emoción no tiene límites. Extasiado y absorto por completo en medio de tanta hermosura, su sensibilidad artística estimulada al máximo, sabe bien que en cada salón encontrará nuevas bellezas, que cada cuadro es una sorpresa, y que por horas sus ojos se recrearán con las peculiaridades de cada artista. En unos es el color, en otros las líneas y en otros las sobras.

Así es la Biblia. Al Abrir sus hojas, penetramos en el más impresionante museo de las edades. Al iniciar su lectura, también el tiempo se detiene y también nuestro espíritu se deleita con cada detalle; nos es posible apreciar las líneas, el movimiento, los colores y las sombras de la experiencia espiritual de los personajes. Los autores nos emocionan con los brochazos definidos con que describen a los participantes del gran drama bíblico.

Pero un valioso secreto para obtener el máximo provecho de nuestra visita a cualquier museo, que también se aplica al estudio de las Escrituras, es el conocimiento general que tengamos de su contenido. A diferencia de otros muchos libros, la Biblia no es un libro que el lector deba lanzarse frenético a leer de principio a fin. Quien tal hace, comete un grave error. Es menester primero familiarizarse con la naturaleza de este singular volumen, los elementos que lo integran y la estructura interna de su contenido, de tal manera que más tarde se nos facilite la comprensión de su mensaje. Esa es la tarea que nos proponemos realizar. Principiemos pues, formulando una interesante pregunta:

A. ¿Qué es la Biblia? 

Llamamos “Santa Biblia” a un volumen integrado por 66, escritos por más de 40 autores, durante un lapso cerca de 1.600 años. Imagínese, ¡un libro que se terminó de escribir 1.600 años después de haberse iniciado! Y más admiración aún nos causa el que durante todos estos años, los autores, al escribir sus respectivos libros, no tenían idea de que sus escritos formarían parte de un gran volumen llamado la Biblia. Es increíble que a pesar de esos dieciséis largos siglos de elaboración y del elevado número de participantes en el proyecto, la Biblia conserve tan admirable cohesión literaria y tan extraordinaria unidad fundamental en su contenido.

Pero la Biblia es mucho más que una simple colección de libros antiguos. De acuerdo con su mismo contenido, es una revelación de Dios al hombre. En otras palabras, este maravillosos libro constituye la revelación que Dios hace de sí mismo al ser humano, para que éste le pueda comprender. Decimos que es una revelación, porque en este libro Dios le descubre al hombre su voluntad, sus planes, los misterios de su Persona, etc. El Creador descorre el velo de misterio que impide al ser humano entender aquello que está allá de sus sentidos físicos y le revela aquello que no puede entenderse ni por intuición, ni por la naturaleza, ni por el raciocinio, sino sólo por la comunicación divina.    

Esta revelación que Dios hace de sí mismo al ser humano, la ha afectado primeramente a través de la palabra. “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas…” (He 1:1). Lo que Dios tenía que decir a la humanidad, lo dijo a ciertos hombres, los cuales lo comunicaron a los demás por medio de la palabra escrita. “Palabra de Jehová que vino a Jeremías diciendo… escribe en un libro todas las cosas que te he hablado…” (Jer 30:1, 2); “Y me dijo: Hijo de hombre, toma en tu corazón todas mis palabras que yo te hablaré y oye con tus oídos. Y ve y entra a los cautivos, a los hijos de tu pueblo y háblales y diles…” )ez 3:10, 11); “Escribe las cosas que has visto, las que son, y las que han de ser después de estas” (Ap 1:19).  

La Biblia agrega a la revelación que Dios ha hecho de sí mismo en la naturaleza, como lo describe el salmista en el Salmo 19: “Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos”. Sin las Santas Escrituras, la naturaleza no nos enseña lo suficiente acerca de Dios como para que lo lleguemos a conocer personalmente. Por otra parte, Cristo constituye la consumación de la revelación que Dios ha hecho de sí mismo en su Palabra. En otros tiempos, Dios habló a la humanidad por medio de los profetas, pero “en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (He 1:2). “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn 1:18).

Es en esta forma como Dios ha elegido comunicar su mensaje al ser humano, expresado en el lenguaje de los hombre difundido por medio de la página impresa y verificado, confirmado, complementado y consumado en la vida, palabras y obra de nuestro Señor Cristo Jesús.

Debemos agregar también que la Biblia es un libro. Todos los sesenta y seis libros que la componen, forman un solo volumen. Debemos admitir que al hablar de la Biblia estamos considerando un libro que pertenece a una categoría por separado. El Dr. Will H. Houghton, quien fuera presidente del Instituto Bíblico Moody en Chicago, escribió: “La Biblia nunca pasa de moda. Nunca será dejada atrás. Por supuesto que la  nuestra es una civilización cambiante, pero la Palabra de Dios está tan adelantada a ella,  que en cierto sentido bien pudiéramos cambiar el lema de nuestra época a: “Alcancemos a la Biblia” Los gobernantes han sido derrocados, muchos de ellos en tiempos recientes, pero la Biblia mantiene aún su autoridad antigua. Las naciones han perdido su fisonomía y han adoptado nuevas formas, pero nadie ha logrado tener éxito al quitar un párrafo o agregar alguna frase a las Escrituras. Las costumbres y los ropajes adquieren notoriedad y luego se desechan, pero este libro se mantiene firme”.

El secreto de tan extraordinario libro descansa en el método exclusivo empleado en su elaboración. A diferencia de todos los demás libros, escritos en todos los idiomas, por todos los hombres que jamás han escrito, éste no tuvo un autor humano. Es cierto que fueron hombres como nosotros los que escribieron las palabras de la Biblia, pero lo hicieron impulsados por una dinámica divina a la cual se le conoce con el nombre de “Inspiración”. Pablo lo recordó a Timoteo: “Toda la Escritura es inspirado por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2Ti 3:16).

Este fenómeno de la inspiración es el acto por medio del cual Dios obra sobre ciertos individuos, capacitándolos para recibir su mensaje y para transmitirlo adecuadamente. La palabra misma nos indica un poco acerca del proceso. En griego el término Theopneustos que se traduce al español como “inspiración”, significa: “respirado por Dios”, o “lleno de aliento de Dios”. Esto quiere decir que el Espíritu Santo sopló sobre los escritores de los diversos libros de la Biblia, comunicándoles algún mensaje que Dios deseaba que el hombre conociera, capacitándoles para que lo pudieran expresar por escrito y preservándoles en su elección libre y personal de las palabras, para no escribir algo que no fuera estrictamente verdad.

Es conveniente, sin embargo, establecer cuál fue la naturaleza de esta inspiración. Los teólogos acostumbran describir este proceso como una inspiración “plenaria” y “verbal”. Por la primera palabra quiere decir que la Biblia fue inspirada plenamente o en su totalidad; que no existe ninguna parte de las escrituras que no haya recibido el beneficio del soplo de Dios para su elaboración. Con el término verbal se refieren a las palabras que componen los manuscritos bíblicos, habiendo dirigido Dios de tal manera a los lectores de los distintos libros de la Biblia en su elección de las palabras, que ellos escribieron de acuerdo a su propio estilo, empleando las palabras comunes de su vocabulario humano, pero únicamente la verdad que Dios quería comunicar. Es de gran importancia aclarar en este punto que esta inspiración plenaria y verbal se refiere exclusivamente a los manuscritos originales en los idiomas hebreo y griego - que los eruditos llaman “autógrafos”-. y no a las múltiples traducciones que de ellos se han hecho a través de los siglos en muchos de los idiomas modernos.

En tercer lugar, debemos agregar que la Biblia es también una monumental biblioteca. Carlos W. Turner dice: “En el siglo IV d.C., Jerónimo utilizó el sugestivo término “Biblioteca Divina”, refiriéndose a las Sagradas Escrituras, título que comprende tanto la diversidad como la unidad que se manifiestan en ellas. Por mucho que difieran los libros de esta colección en intención o propósito, en fecha y estilo, en materias y autores, corre, sin embargo, por todos ellos el mismo vínculo unificador; y es que todos ellos constituyen eslabones de la cadena de la revelación divina”.

Pero la pregunta surge: “¿Cómo se constituyó esta grandiosa biblioteca? ¿Por qué se incluyeron esos sesenta y seis libros y no otros de aquellos tiempos? ¿A qué se debe que a partir de cierto tiempo no se han agregado ya ningunos otros libros a ella? H.S Miller, en su Introducción Bíblica General, nos explica que “El canon sagrado de la Escritura es el nombre que se le da a aquellos libros genuinos, auténticos e inspirados que, juntos, componen las Sagradas Escrituras”. Esto quiere decir que los sesenta y seis libros que forman la “Biblioteca Divina”, han pasado satisfactoriamente varias pruebas para determinar su derecho de pertenecer al volumen sagrado. Los eruditos bíblicos meticulosamente buscaron en cada libro pruebas de una auténtica inspiración divina, investigaron a su autor para saber si fue un verdadero mensajero de Dios, establecieron la veracidad de su contenido y examinaron su mensaje para asegurarse de que éste no había sido adulterado con el correr de los siglos.

Cuando un libro logró pasar las pruebas anteriores, se le consideró digno de formar parte del Canon de las Escrituras. Esto quiere decir que también han existido libros que no salieron con éxito del examen de los eruditos; a éstos se les denomina libros apócrifos. Los que aparecen en algunas Biblias son: Tobías, Judit, la Sabiduría, el Eclesiástico, Baruc, 1 y 2 de los Macabeos. En las diferentes adicciones protestantes y judías de la Biblia no se incluyen estos libros, mientras que en las ediciones católicas sí. Concluimos entonces, que la Biblia es, con todo derecho, una soberbia biblioteca canónica, cuyos libros han vencido el paso de los siglos y el examen escrutador y exigente de los eruditos de todas las épocas.

B. ¿Cuáles son sus elementos?

1. Sus nombres. 

Es notable observar que la palabra Biblia no aparece en ninguna parte del volumen sagrado. Los cristianos de Grecia, en los primeros siglos de la era cristiana, dieron por llamar a los escritos bíblicos: “Los Libros” (en griego: Ta Biblia). Esta designación en plural pasó al latín como si fuera un singular y el nombre desde entonces permaneció para todo el volumen como la Biblia.  

También se emplea el título de “Las Escrituras”, o “Las Sagradas Escrituras”, para referirse a esta colección de sesenta y seis libros. Este nombre sí aparece dentro de la Biblia, empleado por Cristo (Mt 21:42; 22:29; Jn 5:39). También lo usaron el apóstol Pablo al referirse al Antiguo Testamento (Ga 3:8, 22; 2 Ti 3:15, 16); y Lucas en Lucas 24:27, 32, 45; y en Hechos 8:32, 35.

Otro importante nombre que la Biblia recibe es el de “la palabra de Dios”. Este título encierra un bello significado, puesto que indica el origen de este libro santo. Lo que allí leemos, es nada menos que lo que Dios ha dicho al hombre, son sus palabras, o “la palabra”. Cristo empleó este adjetivo para los escritos sagrados del Antiguo Testamento (Mr 7:13). Mientras que Pablo lo empleó con referencia a las buenas nuevas de lo que Dios había hechos en Cristo (2 Co 2:17). La máxima expresión de esta palabra, sin embargo, la constituye Cristo, según el apóstol Juan, quien escribió: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Jn 1:1). Jesucristo es la Palabra con la cual Dios se reveló a la humanidad.

Naturalmente, el uso de estos títulos se refieren al Antiguo Testamento. Cuando fueron empleados no existía el Nuevo Testamento aún y los que usaban estos títulos lo hacían refiriéndose a los escritos judíos. Sin embargo, cuando los manuscritos que hoy integran el Nuevo Testamento se reunieron en un solo volumen y se les colocó al mismo nivel de importancia y autoridad que el Antiguo Testamento, se les otorgó a ambos Testamentos las mismas designaciones.

Otro nombre sobresaliente es “Testamento”. Se emplea para designar a cualquiera de las dos grandes secciones de que está compuesta la Biblia: el Antiguo o el Nuevo Testamento. La palabra viene del latín “Testamentum”, y está a su vez del griego Diatheke, que significa un pacto o testamento. Se utiliza esta palabra en la Biblia con referencia, primero, al pacto antiguo que Dios hizo con Abraham, Isaac, Jacob y Moisés (Gn 17:1-11; 28:10-22; Ex 34:1-10), y segundo, al nuevo pacto que Cristo instituyó ante sus discípulos en la última cena (Mt 26:26-29), el cual comprende la remisión de los pecados para el que deposite la fe en su nombre.

2. Idiomas

Siendo que la Biblia se escribió durante un lapso tan largo y por individuos de diversas culturas y nacionalidades, es de esperarse que no se haya escrito en un solo idioma. El Antiguo Testamento, por ejemplo, en su gran parte se escribió en hebreo. Algunas cortas porciones del libro de Esdras (4:8 al 6:18; 7:12-26; Jer 10:11) y Daniel (2:4 al 7:28) se escribieron en arameo, el cual es un dialecto del hebreo y en sirio-arameo.    

El nuevo Testamento se escribió en griego , - aunque no pocos eruditos están convencidos que cuando menos Mateo y Marcos primero escritos en arameo - pero no el griego empleado por los escritores clásicos, sino un dialecto del mismo idioma que se popularizó a través del imperio de Alejandro el Grande después de su muerte. A este dialecto se le conocía como “Koiné” o griego popular; era el idioma del pueblo y la lengua para las transacciones comerciales. Con el paso de los siglos esta variedad del idioma griego murió como lengua hablada y se preserva sólo en su forma escrita. A eso se debe que el griego del Nuevo Testamento y el griego moderno sean diferentes.

3. Cronología. 

Fundamental para el estudio de la Biblia es que posea un concepto lo más claro posible de los tiempos en que sucedieron los acontecimientos bíblicos. A simple vista parecería fácil formular una cronología bíblico, pero eruditos y estudiosos de muchas épocas lo han intentado sin que hasta ahora se haya arribado a una cronología satisfactoria y armónica en todos sus detalles. Con este fin, un diccionario o un manual bíblico pueden ser de valiosa ayuda.     

También vale la pena tomar en cuenta el calendario judío. Los israelitas poseían dos diferentes principios de su año. Uno que iniciaba el año civil, el otro que daba principio a su año religioso. Este principiada en el mes Aviv - nuestro mes de marzo -, mientras que el primero daba principio en el mes, de Tisri, correspondiente a nuestra septiembre. Para los judíos los mese eran estrictamente lunares, consistiendo de veintinueve y treinta días alternadamente. Los días se catalogaban como naturales y civiles. El natural consistía de 24 horas: de una puesta del sol, a la siguiente. El civil duraba de la aurora hasta el acaso. La noche se dividía en cuanto vigilias, cada una comprendiendo un período aproximado de tres horas. Estas diferentes clasificaciones y categorías del calendario judío era de extrema importancia, sobre todo en la relación con la celebración de las festividades religiosas, según se ilustra en nuestro siguiente esquema:

Calendario Júdio

4. Geografía. 

Indudablemente, este es otro de los elementos claves de las Escrituras. John R. W Stott dice: “EL propósito de Dios de llamar a un pueblo para sí mismo. principió a desarrollarse en un sitio específico de la superficie del mundo, y durante un período específico de la historia de la humanidad. Por lo tanto, no es posible comprender su significado sin un conocimiento de los antecedentes históricos y geográficos” y agrega: “La simple mención de historia o geografía, es suficiente para que muchas personas pierdan de inmediato el interés. Pero el Dios viviente es un Dios personal quien nos hizo como personas de acuerdo a su imagen y semejanza, e insiste en tratar como personas a los seres que Él formó. De tal manera que el proceso entero de la revelación ha sido el descubrimiento de El mismo - una Persona -, a personas; a personas reales como nosotros que vivimos en un lugar específico y en una época específica”.

Provincias y Países: Es importante familiarizarse con la tierra de Palestina llamada también Canaán, Tierra de Israel, Tierra Prometida o Tierra Santa. Asimismo, las provincias en que se dividió en diferentes épocas, tales como Galilea, Samaria, Judea, Efraím, Moab, Galaad, Edom, Filistea, Bazán, Amón. Después también las provincias y naciones vecinas, como por ejemplo: Egipto, del cual se habla especialmente en el Antiguo Testamento; y Babilonia, base de un gran imperio íntimamente ligado con varios acontecimientos bíblicos. El Génesis sitúa el huerto del Edén en las inmediaciones de esta célebre provincia del medio oriente (Gn 2:10-14). Asiria, con su capital Nínive, al norte de Babilonia y a orillas del río Tigris. El drama de la profecía de Jonás gira alrededor de esta gran ciudad (Jon 1:2). Etiopía, nación situada en el continente africano al sur de Egipto y que se menciona varias veces en las Escrituras (Ester 1:1; Job 28:19; Sal 68:31; Is 18:1) y también las provincias de Galacia, Macedonia, etc.          

Ciudades: La Biblia hace mención de un sin número de ellas. Muchas encerraban importancia no sólo para los acontecimientos bíblicos, sino que eran las metrópolis de importancia y popularidad en su época. De entre las principales, debemos conocer la situación geográfica de Jerusalén, naturalmente. Se dice que durante la edad media los geógrafos cristianos afirmaban con seriedad que Jerusalén constituía el centro de la tierra y todos los mapas los elaboraban con esa creencia en mente. También recibía los nombres de “Sión” (2S 5:7; Sal 2:6); “la ciudad de David” (1 Reyes 8:1); “la ciudad de Dios” (Sal 46:4); etc. Dentro de Palestina, las ciudades principales como Nazareth, Capernaum, Cesarea, Jericó, Hebrón, Joppe, Sicar, Cesarea de Filipo, etc. En los países o provincias de la región, nos interesa conocer la situación de Atenas, Corinto, Tesalónica y Filipos, en Grecia; Tarse, Antioquía, Efeso. Laodisea, Iconio y Esmirna en la zona conocida como Asia Menor; y Nínive, una de las capitales del poderoso imperio Asirio, al norte de Babilonia, y a orilla del río Tigris.       

A toda esta información geográfica fundamental haremos bien en agregar asimismo lo concerniente a destacados ríos, como el Jordán, el Eufrates, el Nilo, el Tigris, etc. Principales mares: el Mediterráneo, el mar Rojo, el mar Muerto, etc. Célebres montañas: el Sinaí, el Monte Nebo, el Carmelo, las montañas del Líbano, etc., así como desiertos: el Neguev, del Sinaí, de Parán, de Judea, etc.

5. Personajes. 

Provistos del mejor diccionario bíblico, será preciso familiarizarnos también con los principales personajes que aparecen en las páginas de la Biblia, a fin de tener un concepto claro del desenvolvimiento del drama bíblico. Muchos que leen asiduamente las Escrituras son presa fácil de la confusión de personajes. Por ejemplo, no es difícil llegar a enredarse con los distintos individuos de nombre Herodes que se mencionan en el Nuevo Testamento. Sa habla primero del rey Herodes (Mt 2:1); también se menciona a Herodes, el tetrarca de Galilea (Lc 3:1); en el libro de los Hechos se habla de otro Herodes (12:1; 12:6, 21; 23:35). Estos tres no son la misma persona.

En otros casos no es fácil recordar separadamente a individuos con relación familiar entre sí, como sucede con Isaac e Ismael, que fueron hijos de Abraham (Gn 16:1-12; 21:1-5), y a Jacob y Esaú, que fueron hijos de Isaac (Gn 25:19-26). Y, ¿quién puede de una sola leída descifrar el enredo genealógico de los reyes de Judá e Israel?

6. Formas y figuras literarias. 

Todo estudio bíblico exitoso se basa en una comprensión adecuada del pasaje. Dicha comprensión depende en gran parte de la atención que demos al uso de las formas literarias. Aun cuando esta tarea realmente corresponde al campo de la Hermenéutica, es de carácter fundamental para todo estudio bíblico. Herbert T. Mayer dice que el no determinar la forma literaria de un pasaje en forma cuidadosa y correcta, “puede producir mucha confusión cuando se trata de determinar el sentido que Dios quiso darle”.

Es por tanto, de particular importancia prestar atención a las formas literarias que aparecen dentro del texto bíblico. De éstas mencionaremos las siguientes:

 

En relación con figuras literarias empleadas en las Escrituras, creemos necesario mencionar primeramente cuán importante es que el estudiante esté consciente del uso frecuente del lenguaje figurado. Irving L. Jensen, en su excelente tratado: Independent Bible Study, nos recuerda: “Ya que verdades espirituales tan importantes se nos comunican a través del lenguaje figurado, es necesario que el estudiante de la Biblia se vuelva diestro en la interpretación de tal idioma. Su tarea será doble:

1) Establecer cuáles con las porciones figuradas en un pasaje y 2) determinar la verdad que el autor tenía en mente a través de esa figura, ni más ni menos. En la mayoría de los pasajes, el estudiante no tendrá dificultades serias cualquiera de estas dos tareas”

Ejemplos claros de lenguaje figurado los tenemos en estos pasajes:

Otro tipo de lenguaje figurado muy usual es aquel al que se conoce como “expresiones antropomórficas”, que consiste en atribuirle a Dios características humanas físicas, por ejemplo:

Existen también las “expresiones antropopáticas”. En éstas se le atribuyen a Dios las emociones o experiencias del ser humano. Ejemplos de esto son:

En relación con este lenguaje figurado, Tomás E. Fountain escribió que algunas palabras: “se emplean en un sentido especial  con el fin de introducir ideas novedosas o matices de significado que de otra manera no se podrían comunicar. Los gramáticos han clasificado sus varios formas con mucha exactitud, todas bajo el término general de figuras literarias o retóricas”. Mencionamos a continuación algunas de las más populares en las Escrituras:



C. ¿Cuál es su estructura interna?

1. Sus divisiones. La  Biblia se encuentra dividida en dos grandes porciones conocidas como el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Los adjetivos “antiguo” y “nuevo”, tienen que ver, el primero, con un pacto celebrado por Dios con los fundadores del pueblo hebreo y con la nación misma en sus principios, y el segundo, un pacto “nuevo” o más reciente, que Jesucristo estableció con sus discípulos y la iglesia por ellos iniciada. También es posible decir que la división de las Escrituras se encuentra señalada por la presencia de Cristo en el mundo; siendo el Antiguo Testamento el que no anunciaba y preparaba para su llegada y el Nuevo el que narra su vida, obra, muerte y resurrección, así como los resultados posteriores a su visita, más el anuncio de la consumación de los  siglos al fin de la era.

Entre los dos testamentos existió el llamado período intertestamentario, que se encuentra representado en la Biblia por una sola hoja en blanco. ¡Sobre el significado y los acontecimientos de este periodo bien se pudiera escribir un capítulo entero!.

Concluida la profecía de Malaquías, (443-430 a.C.), el pueblo judío permaneció durante 400 años sin profeta, ni revelación alguna de parte de Dios. Durante este lapso los Judíos estuvieron bajo la influencia de cuatro importantes dominios: el de Persia, de 536 a 333 a.C; el de Grecia de 333 a 167 a.C; el de los Macabeos de 167 a 63 a.C.; y el del idumeo Antípatro y de Herodes, 63 a.C. al 4 d.C. Entre los sobresalientes acontecimientos de este período llamado intertestamentario, debemos recalcar los siguientes:

a) Ningún libro de carácter bíblico fue escrito ni añadido al Antiguo Testamento. Josefo, el historiador judío (100 d.C.) así lo afirma en su tratado “Contra Apión”.   

b) Antíoco Epífanes, (167 a.C.), oprimió a los judíos y profanó el templo. Como resultado, primero Matatías, el Sumo Sacerdote y más tarde sus tres hijos (Simón, Jonatán y Judas, conocidos con el apodo de “los Macabeos”, pero cuyo verdadero nombre era la familia de los Asmoneos), encabezaron una revolución que culminó en la autonomía política de Israel en 1228 a.C. Los judíos disfrutaron de su aparente libertad hasta el año 63 a.C. cuando Pompeyo entró  a Jerusalén y la convirtió en un protectorado Romano.

c) Se formaron varios grupos, de carácter religioso unos y políticos los otros. Entre los primeros se encontraban los fariseos y los saduceos; y entre los segundos los herodianos y los zelotes.  

2. Secciones principales. Cada uno de los se encuentra dividido a su vez en pequeñas secciones de acuerdo con su época o el mensaje que contiene. El Antiguo Testamento es, hasta la fecha, el libro sagrado de los judíos.Compuesto para ellos en 24 libros, los judíos lo dividen en tres porciones principales: la ley o “la Torá”; los Profetas y las Escrituras. Obsérvese a continuación que el orden de los libros en la Biblia hebrea es diferente de como aparece en las Biblia de edición protestante o católica.

ESCRITURAS JUDÍAS

I. La Ley

1. Génesis

2. Éxodo

3. Levítico

4. Números

5. Deuteronomio

II. Los Profetas

A. “Profetas Anteriores”

6. Josué

7. Jueces

8. Samuel (1 y 2 en uno solo)

9. Reyes (1 y 2 en uno solo)


B. “Profetas Posteriores”

10. Isaías

11. Jeremías

12. Ezequiel

13. “Los Doce” profetas, en el orden habitual.

III. Los Escritos

14. Salmos

15. Job

16. Proverbios

17. Rut

18. Cantar de los Cantares

19. Eclesiastés

20. Lamentaciones

21. Ester

22. Daniel

23. Esdras - Nehemías

24. Crónicas

La Biblia católica romana conserva todos los libros del Antiguo Testamento Hebreo, pero agrega los libros Apócrifos. He aquí un indice de ella.

I. El Pentateuco.

  Los cinco libros de Moisés, de Génesis a Deuteronomio.

II. Los libros Históricos

   Josué, Jueces, Rut, 1 y 2 de Samuel, 1 y 2 de Reyes, 1 y 2 de Crónicas, Esdras,

             Nehemías, Tobías, Judit, Ester, 1 y 2 de los Macabeos.

III. Los libros Poéticos

    Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantares, Sabiduría, Eclesiástico.

IV. Los Libros Proféticos

    Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Baruc, Ezequiel, Daniel, los doce profetas menores.

Los protestantes seguimos la Biblia hebrea por lo que toca a la exclusión de los libros apócrifos, pero el arreglo de los libros aparece en diferentes orden.

La secciones en que dividimos al Antiguo Testamento son las siguientes:

a) El Pentateuco - Formado por los cincos libros de Moisés: Génesis, Éxodo, Levíticos, Números, Deuteronomio.

b) Los libros Históricos - Desde Josué hasta Nehemías. Contienen la historia del pueblo hebreo durante los tres períodos de su historia: 1) Una confederación de tribus independientes, 2) una monarquía que se dividió en dos reinos después de tres generaciones; y 3) una provincia dominada por los imperios extranjeros.

c) Los libros poéticos - De Job a Cantar de los Cantares. Se escribieron en la cadenciosa mètrica hebrea. Cada una de ellos tiene un énfasis diferente. Job es un drama que acentúa lo doctrinal; los Salmos son poemas devocionales o proféticos, los Proverbios poseen carácter práctico; el Eclesiastés es filosófico, mientras que el Cantar de los Cantares es un poema amoroso.

d) Los libros Proféticos - Los escritos de dieciséis profetas componen esta última sección. A los primeros cinco (Isaías, Jeremías, Lamentaciones, Ezequiel y Daniel) se les denomina profetas mayores por el volumen mayor de sus escritos, mientras que a los restantes (desde Oseas hasta Malaquías), se les conoce como Menores, porque son muchos más breves.

El Nuevo Testamento contiene 27 libros que se dividen en tres partes: la história, abarcando los cuatro Evangelios y el libro de los Hechos; la doctrinal, que comprende las veintiuna cartas o “epístolas” escritas por los apóstoles a varias iglesias e individuos; y la profética, en la que se incluye únicamente el libro de Apocalipsis.

3. Sus libros y sus divisiones.  Es muy importante tener en cuenta que el orden en que aparecen los libros en nuestras Biblias, no es estrictamente un arreglo cronológico. La Biblia hebrea es la que sigue más de cerca el orden en que los libros se escribieron. Pero aún así no es del todo exacta. Por ejemplo, muchos eruditos aseguran que el libro de Job fue escrito durante la época del Génesis y sin embargo, tanto en la Biblia hebrea como en nuestra Biblia, aparece hacia la mitad del Antiguo Testamento.    

En los manuscritos más antiguos no aparecen signos de puntuación. Una letras sigue a la otra como si toda la línea fuera una palabra, en mayúsculas.   

Se cree que durante el tiempo de Esdras, los judíos empezaron a dividir primero la ley y después todo el Antiguo Testamento en secciones. Pero la primera división de toda la Biblia en capítulos y versículos la hizo el cardenal Hugo aproximadamente en el año 1240; aunque él dividió los capítulos en versículos más grandes que los actuales. Roberto Stephens, quien fuera impresor particular del rey de Francia y a la vez un famoso erudito, en 1545 dividió y enumeró los capìtulos del Nuevo Testamento en la forma como aparece el día de hoy. Un Rabino de nombre Natán, hizo en el siglo quince una labor similar con el Antiguo Testamento.

En nuestra época se ha popularizado la división de los capítulos en párrafos, lo cual es de elogiarse debido a que con frecuencia la división de los capítulos no coincide con el desarrollo lógico del pasaje.

Los libros de la Biblia contienen en total, 1.189 capítulos, de los cuales 929 se encuentran en el Antiguo Testamento y solo 260 en el Nuevo Testamento. El capítulo más pequeño es el Salmo 117, con solo dos versículos, mientras que el más extenso es el Salmo 119, el cual contiene 176 versículos. El número total de versículos en la Biblia es de 31.137. El versículo más pequeño es Juan 11:35 con solamente dos palabras y el más largo es Ester 8:9, con ochenta palabras. Los capítulos de 2 Reyes 19 y el 37 de Isaías, son casi iguales.